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Marcas de la irracionalidad

Por: César Gómez Chacón

Se dice fácil, pero no lo es: más del 80% de la población cubana actual nació marcada por la política del bloqueo de los Estados Unidos contra la nación caribeña, impuesto el 7 de febrero de 1962, por orden ejecutiva del entonces presidente de John F. Kennedy.

Calificado como un acto de guerra en tiempo de paz y rechazado por la abrumadora mayoría de los países, que durante tres décadas, año por año, lo han condenado en la ONU, los objetivos del bloqueo fueron pautados claramente por Vicesecretario de Estado Asistente para los Asuntos Interamericanos de los Estados Unidos, Lester Mallory en su memorándum del 6 de abril de 1960:

“La mayoría de los cubanos apoyan a Castro (…) el único modo previsible de restarle apoyo interno es mediante el desencanto y la insatisfacción que surjan del malestar económico y las dificultades materiales (…) hay que emplear rápidamente todos los medios posibles para debilitar la vida económica de Cuba (…) para provocar hambre, desesperación y el derrocamiento del Gobierno.”

Hablan los datos

La política de asedio y aislamiento contra Cuba, reconocida en su momento como fracasada por el presidente Barack Obama, se ha vuelto más irracional y perversa en la última década. Las medidas de máxima presión impuestas con total alevosía por el presidente Donald Trump, se han mantenido e incrementado durante la actual administración de Joe Biden.

Nueve días antes de salir de la Casa Blanca, Trump colocó a Cuba, una vez más en la en la lista de países patrocinadores del terrorismo, algo que su sucesor tampoco ha querido subvertir, y que constituye una presión extra a todo aquel que quiera relacionarse con Cuba.

El bloqueo tiene también un carácter extraterritorial, porque afecta a países, compañías, instituciones y personas de todo el mundo, incluidas de los propios Estados Unidos.

Los datos contenidos en el informe sobre los efectos del bloqueo económico, comercial y financiero de los Estados Unidos contra Cuba, que la isla presentará en la Asamblea General de Naciones Unidas en noviembre de este año, son más que convincentes.

Los daños y perjuicios provocados por la política de Washington, entre el 1 de marzo de 2022 y el 28 de febrero de 2023, están calculados conservadoramente en el orden de los cuatro mil 867 millones de dólares.

Con el objetivo de asestar un golpe mortal a las principales fuentes de ingreso del archipiélago, el gobierno de los Estados Unidos ha recrudecido la persecución a los suministros de combustible, ha acentuado la campaña mediática y de presión a otros países contra los programas de cooperación médica cubana, y pretende dañar por todas las vías la recuperación del turismo, fuertemente afectado por la pandemia de la COVID-19.

Las pérdidas en la principal fuente de ingresos del país ascienden a mil 89 millones 470 mil 572 dólares. Sin la prohibición, por ejemplo,  a los ciudadanos estadounidenses de viajar a Cuba, el país habría ingresado mil 1 millones 11 mil 875 dólares.

Otros datos confiables estiman en 239 millones 803 mil 690 dólares las pérdidas en el sector de la salud. Solo que detrás de cada cifra hay miles de seres humanos que sufren.

Una niña de 6 años necesitaba recibir Lomustina, un medicamento que la ayudaría a recuperarse de una intervención quirúrgica donde se le extrajo parcialmente un tumor que comprometía su sistema nervioso central. Como resultado del bloqueo, Cuba no puede acceder al tratamiento. Hoy la pequeña se encuentra en recaída y se le aplica un esquema de rescate. “Para los niños cubanos, el bloqueo sigue marcando la diferencia entre la vida y la muerte.”, afirma el informe a la ONU.

Entre marzo de 2022 y febrero de 2023, se contabilizan daños en el sector agrícola por un valor de 273 millones 390 mil 800 dólares. El cerco económico ha impactado igualmente de manera directa a sectores prioritarios y gratuitos para la población cubana como la educación, la cultura y el deporte.

En esta última esfera, al robo de talentos propiciado y estimulado por las políticas discriminatorias y selectivas de los Estados Unidos, se ha unido la incitación, por parte de políticos locales y figuras que ostentan cargos públicos, al acoso, la violencia y el asedio a los deportistas cubanos.

En el ámbito cultural, el bloqueo dificulta la búsqueda de mercados y oportunidades de negocios, impide la promoción, difusión y comercialización en igualdad de condiciones de los mejores exponentes de la cultura cubana, al tiempo que limita enormemente el disfrute del arte nacional en todos los continentes.

Otro sector fuertemente impactado por el sitio comercial y financiero ha sido la biotecnología y la industria farmacéutica, pilar esencial de la soberanía nacional, como se demostró con la producción de vacunas propias para enfrentar la COVID-19. Los daños ascienden a unos 142 millones 896 mil 200 dólares.

El cerco económico ha afectado otros sectores claves de la economía nacional como las comunicaciones y la informática, la construcción, el sistema empresarial estatal y a los emprendedores privados, el transporte, la energía y minas, el sistema bancario y financiero. Las afectaciones al comercio exterior cubano alcanzan la cifra de 3 mil 81,3 millones de dólares.

Las estadísticas dicen mucho más, pero suelen ser frías. Lo cierto es que ninguna familia cubana escapa de los efectos del más prolongado, cruel y abarcador sistema de medidas coercitivas jamás aplicado contra nación alguna.

Mientras la Casa Blanca recrudece su guerra económica contra Cuba, una buena parte de los estadounidenses y de los emigrados cubanos en los Estados Unidos, favorece la normalización de las relaciones bilaterales. Congresistas de ambos partidos y otras importantes personalidades de la política y la sociedad norteamericana se oponen abiertamente al bloqueo.

Es una lucha ya demasiado larga y desgastante. Pero al muro de la irracionalidad también se le pueden hacer grandes grietas. El pueblo cubano, que ha resistido estoicamente todos estos años, sabe muy bien cómo marcar la diferencia.

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