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Las peripecias teatrales del plátano burro en Clawncierto

Por: Duanys Hernández Torres

Esta crónica pudiera comenzar con mi frase favorita cuando voy a un evento cultural: Porque no solo de deporte vive el hombre. Pero, prefiero titularla Las peripecias teatrales del plátano burro. Vaya que La Yuli de Cuba se quedó corta con la historia platanera.

María Luisa y yo decidimos invariablemente que había que ver Clawncierto, de Teatro Tuyo. Ni la postemporada de la pelota cubana me ató. Se dice fácil, pero hace unos años jamás hubiera valorado la posibilidad de dejar la pelota por el clown. Un guajiro de Riquelme cambiando deporte por teatro. Mi papá y mi hermano jamás lo entenderían.

Salimos el sábado por la tarde, y por cierto, tardeee cuando una gacela 18 nos paró. Demasiado anormal en el Parque La Normal, y a esa hora. Buen comienzo de jornada teatral.

Al bajarnos en el parque de Línea y L, el maldito instinto de la comida nos llevó un puesto de plátanos en la esquina. Con tan buena suerte que vendía bastante barato, para tiempos donde el plátano puede costar más que cualquier cosa.

Incluso, el vendedor no se regalaba él porque no podía. Daba hasta pepinos de contra, pero yo solo quería plátanos. Nunca me ha gustado el pepino, y aquellos tenían una cara horrenda. Bueno, él los regalaba. Después del regateo correspondiente y la insistencia para no cogerlos, nos aventuramos. Hasta la jaba nos obsequió.

Compramos dos manos de plátano burro enano con solo cien pesitos. Un Céspedes no es nada en tiempos de inflación y desordenamiento
Pero, y ¿el teatro? Había que ir con los plátanos. Quería que la tierra me tragara. Yo, tímido y penoso hasta el infinito, pensando que ojalá no apareciera nadie conocido. Tesis desvanecida. Primer encontronazo con un colega. Al llegar coincidimos con Abdiel Bermúdez y su esposa Liudmila. Más allá de la pena, pensé: esto está bueno.

Abdiel era un niño de tetas en la escala de la fama. Corina Mestre, Amada Morado, el dramaturgo Yerandi Fleites, Oscar Bringas, Yuris Nórido, y yo con la jaba de plátanos, rodeado de famosos, y sin entradas.

María Luisa se movilizó (salir en Al mediodía eventualmente también da su cota de fama) y las resolvió con la condición de que eran las sillas del pasillo. Un lujazo cuando había mucha gente que jugó piso.

Me siento y, cuando miro para el lado, el actor Luis Silva. Y yo: coño que va a pensar Pánfilo si me ve con la mano de plátanos, en medio de todo esto. Pero Silva, fanático a la pelota, se puso a hablar conmigo de los play off.

Y yo que pensaba que había dejado la pelota atrás. Y con ese humor que lo caracteriza Silva me definió el país a través del béisbol: “Nosotros vamos de no trasmitir ningún juego, a darlos todos, y jugar de noche después de varios años”.

Hablaba con Silva de pelota, pero pendiente de mis burros enanos entre los pies. Y pensando: “Coño, que Silva no mire para abajo”. Comenzó la función a teatro repleto. Un Clowncierto de lujo.

Al final, todo el público de pie aplaudiendo hasta el delirio, y yo con mi jaba de plátanos en la mano no podía. Caramba, “estos tuneros espectaculares lo menos que se merecen son mis aplausos, pero la jabita no me deja”.

Salí escurridizo con mis plátanos de aquel mar de personas. Quería que la tierra me tragara. Por suerte, Nesy y su esposo Tomás nos dieron botella para ir a casa de un amigo.

Allí contamos sobre la obra, estuvimos un rato y salimos. Cuando vamos por la esquina rumbo a la casa descubro que había dejado la jabita en el ático, al que hay llegar por una escalera empinada que le saca los colores hasta el más pinto de la paloma.

Pero, le dije a María Luisa: “Aunque me vaya la vida regreso, subo esa escalera y recojo mis burros enanos”. Tomé la jaba y no la solté más hasta que llegamos a la casa.

Juro que no exagero. Estas fueron las peripecias teatrales de los plátanos burros, pero valía la pena ir al Clowncierto con ellos.

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