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Crimen de Barbados: Cuatro minutos y 55 segundos

 Por: César Gómez Chacón

Recordar no siempre es volver a vivir. La pérdida trágica de personas inocentes, de las víctimas del terrorismo, no debe olvidarse jamás. Aunque signifique que mueras junto a ellos una y otra vez.

Durante 47 años los cubanos hemos escuchado una terrible grabación. Fue registrada el 6 de octubre de 1976 por las cajas negras del avión DC-8 de Cubana de Aviación, derribado en pleno vuelo junto a las costas de Barbados.

¡SEAWELL CUBANA 455!

¡TENEMOS UNA EXPLOSIÓN A BORDO Y ESTAMOS DESCENDIENDO INMEDIATAMENTE! ¡TENEMOS FUEGO A BORDO!

AQUÍ SEAWELL, CUBANA 455

¡ESTAMOS SOLICITANDO ATERRIZAJE INMEDIATO, INMEDIATO!

¡CIERREN LA PUERTA! ¡CIERREN LA PUERTA!

¡ESO ES PEOR…! ¡PÉGATE AL AGUA, FELLO! ¡PÉGATE AL GUA…!

Es un testimonio desgarrador que estremece una y otra vez, pero que apenas describe la tragedia vivida por las 73 personas que iban a bordo del vuelo 455 de la aerolínea civil de Cuba, que unos minutos antes había despegado del aeropuerto internacional de Seawell en Barbados.

Cuatro minutos y 55 segundos fue exactamente el tiempo que medió desde la primera explosión bajo uno de los asiento en la cabina de pasajeros, hasta la segunda detonación cerca de la cola. Esta última fue la que hizo precipitarse irremediablemente el avión sobre el mar.

Es imposible imaginar lo ocurrido dentro de aquellas paredes metálicas. El estruendo inesperado, el estupor, la sangre, las quemaduras, el dolor; el fuego, el humo, la asfixia, los gritos de pánico y la total desesperación… Fue un desenlace demasiado largo y pavoroso para aquellas almas en pena del vuelo 455.

De nada valió el esfuerzo descomunal de la tripulación, ni el apoyo de los controladores aéreos de Seawell por hacer aterrizar aquella nave mortalmente herida. No se produjo el milagro, unas 8 millas y solo 3 minutos de vuelo faltaron para lograrlo. A la vista de bañistas y pescadores en las costas de Barbados fue consumado el mayor acto de terrorismo ocurrido hasta hoy en las azules aguas del Caribe

CVI MAPA BARBADOS

Las investigaciones corroboraron que los dos artefactos explosivos, colocados previamente en la nave antes de su llegada a Barbados, fueron la única causa de la caída del avión.

Perecieron en el acto 73 personas, cuya edad promedio apenas rebasaba los 30 años, entre ellas 24 adolescentes y una niña guyanesa de 9 años. Fueron asesinados también los integrantes del equipo juvenil cubano de esgrima, que acababa de ganar todas las medallas de oro en el campeonato panamericano. Cincuenta y siete familias cubanas, 11 guyanesas y 5 norcoreanas nunca más volvieron a ser las mismas.

Crimen Barbados CVI

Durante siete días cientos de miles de cubanos pasaron frente a los 8 féretros con los únicos cuerpos que pudieron ser recuperados del mar. Todo el país permanecía conmocionado ante las pantallas de la televisión, las noticias en la radio y las páginas de los diarios.

El 15 de octubre de 1976 un millón de personas se reunía en la Plaza de la Revolución de La Habana para despedir simbólicamente a los caídos. El líder de la Revolución cubana, el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, pronunció aquel día uno de los discursos más emocionantes de su larga vida como estadista. Terminó con una frase que pasó a la historia:

“No podemos decir que el dolor se comparte. El dolor se multiplica. Millones de cubanos lloramos hoy junto a los seres queridos de las víctimas del abominable crimen. Y cuando un pueblo enérgico y viril llora ¡La injusticia tiembla!”

La “justicia” del Imperio

Pocas horas después del atentado fueron arrestados en Venezuela los terroristas Freddy Lugo y Hernán Ricardo Lozano, ambos venezolanos y responsables directos y confesos de la colocación de las bombas.

Casi al unísono, los cubanos Orlando Bosch Ávila y Luis Posada Carriles fueron identificados como los autores intelectuales y organizadores del atentado. Resultaron igualmente apresados y torpemente enjuiciados.

Freddy Lugo y Hernán Ricardo fueron sentenciados a 20 años de prisión. Pero Bosch Ávila fue finalmente absuelto debido a “defectos técnicos” por parte de la fiscalía. Y Posada Carriles guardó cómoda prisión durante ocho años mientras aguardaba una sentencia definitiva que nunca llegó. En extrañas circunstancias logró escapar de la cárcel y aparecer luego, “misteriosamente”, en territorio norteamericano.

Desde aquel fatídico 6 de octubre de 1976, Bosch y Posada burlaron, uno tras otro, año tras año, los tímidos intentos de la justicia del Imperio por hacerlos pagar el crimen. En su lugar, engrosaron con creces los expedientes de las agencias de aplicación de la ley de los Estados Unidos, y los órganos de seguridad de Cuba, Venezuela y muchos otros países. Más y más bombas de su autoría explotaron contra objetivos civiles en diversas ciudades de América y Europa.

Sin embargo, es también conocido que Posada y Bosch figuraban, desde mucho antes del atentado de Barbados, como terroristas en los expedientes de la CIA y del FBI. Documentos desclasificados casi 30 años después confirmaron que las dos agencias norteamericanas y hasta el secretario de estado Henry Kissinger sabían con antelación de los planes de ambos para derribar aviones civiles cubanos.

La CIA y el FBI tenían información pública y secreta más que suficiente para detener a tiempo a estos y a muchos otros terroristas que actuaban impunemente, incluso, contra las propias agencias y contra la tranquilidad ciudadana en el territorio de los Estados Unidos y allende sus mares.

Posada y Bosch pasearon con total impunidad por los vericuetos de la justicia estadounidense. Ante la prensa y sus acólitos se vanagloriaron y reconocieron más de una vez su autoría en el derribo del vuelo 455 de Cubana. Fallecieron ya ancianos, de muerte natural, y totalmente libres en el mismo Miami donde otros como ellos los cobijaron cual héroes y “ejemplares luchadores contra el comunismo”.

Las listas de los peores terroristas, y sus verdaderos patrocinadores, siguen siendo “Top secret” en el más poderoso eje del mal que ha conocido la humanidad hasta hoy.

 Recordar desde el dolor  

Todas estas almas que lloran, las vivas y las muertas, las heridas, las mutiladas, las perturbadas, las cruelmente asesinadas… Los padres y los hijos que ya no están, las viudas consumidas por la tristeza. Los huérfanos que desde niños esperan y exigen sin cansancio por esa justicia que aún no llega… Todos ellos, las víctimas del terrorismo contra Cuba, están irremediablemente atados por un cordón umbilical que jamás se desata.

El crimen de Barbados sigue siendo la cúspide de tanto odio y perversidad. El dolor compartido de todo un pueblo, enérgico y viril, será por siempre el principal dedo acusador.

 

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