Bajante: Luego de 65 años, Palabras a los Intelectuales sigue siendo la raíz fundacional de la política cultural de la Revolución cubana.
Por: Sofía González Angulo, estudiante de Periodismo.
«La cultura es escudo y espada de la nación, es lo primero que hay que salvar». Cuesta imaginar una brújula más precisa que esta frase para orientar el proyecto revolucionario desde sus cimientos. Fidel Castro no la pronunció como un simple eslogan, sino como el preludio de lo que ocurriría el 30 de junio de 1961 en la Biblioteca Nacional de Cuba.
Aquel día, el líder de la Revolución se plantó ante escritores, artistas e intelectuales para disipar sus inquietudes y sentar las bases de una nueva relación entre la creación cultural y la acción política. Lo que parecía una respuesta coyuntural se convirtió, con el tiempo, en el pilar sobre el que se edificaría la política cultural cubana. Hoy, después de 65 años, esas palabras conservan una vigencia que desborda el contexto que las vio nacer.
Para comprender la magnitud del encuentro, hay que situarse en el escenario que lo enmarcó. Apenas dos meses antes, Cuba había derrotado al imperialismo en Playa Girón y se había declarado socialista. La Campaña de Alfabetización se extendía por todo el país mientras Estados Unidos urdía nuevas agresiones que culminarían, al año siguiente, en la Crisis de Octubre.
La isla era el epicentro del debate ideológico mundial y la tensión internacional resultaba asfixiante. En ese clima de hostilidad estalló la polémica por el documental PM, un filme realizado al margen del ICAIC y considerado inapropiado por mostrar una realidad nocturna que parecía desligada del espíritu revolucionario.
Muchos creadores temieron entonces que la Revolución impusiera un estilo único y limitara su libertad de expresión. Pero aquellas palabras del Comandante en Jefe dejaron claro lo contrario: «…Nosotros no le prohibimos a nadie que escriba sobre el tema que prefiera. Al contrario. Y que cada cual se exprese en la forma que estime pertinente y que exprese, libremente, la idea que desea expresar. Nosotros apreciaremos siempre su creación a través del prisma del cristal revolucionario».
Las Palabras a los Intelectuales fueron mucho más que un punto final a tres jornadas de debate. Representaron la síntesis de una época fértil y la raíz fundacional de una política cultural genuinamente revolucionaria. Contribuyeron a que la creación intelectual se impregnara del espíritu transformador del país, tendiendo puentes francos entre la vanguardia política y la artística.
El proceso revolucionario no solo heredó una intelectualidad forjada en la lucha; le abrió caminos impensados para que su obra se convirtiera en fuerza motriz de la sociedad. Y aquella semilla germinó con rapidez, apenas semanas después nacía la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, y el movimiento cultural dejaba de ser un compartimento cerrado para erigirse en eje palpitante del pueblo.
Aquel intercambio rebasó la urgencia inmediata sin paralizarse en el pasado. Armando Hart, al asumir el Ministerio de Cultura en 1976, lo confesó sin rodeos: «entendí que se me había situado en esta responsabilidad para aplicar los principios enunciados por Fidel en Palabras a los Intelectuales y para desterrar radicalmente las debilidades y los errores que habían surgido en la instrumentación de la política cultural». Su testimonio evidenció que el discurso no fue una pieza de museo, sino una herramienta viva que guio la gestión cultural durante décadas.
Hoy, cuando la batalla por la dignidad humana se libra tanto en las calles como en las redes sociales, la educación y la cultura se vuelven más necesarias que nunca para propiciar una ética que transforme al hombre en favor del hombre.
En estos tiempos tan hostiles debemos recordar las enseñanzas de Martí: en la propagación de la cultura está la madre del decoro, la savia de la libertad, el mantenimiento de la República y el remedio de sus vicios. Por eso, tenemos el deber de conformar un frente de pensamiento común que dote a las personas de referencias sólidas en un mundo ganado por el consumismo y la banalidad.
La cultura cubana, heredera de una tradición de resistencia y creación, tiene la responsabilidad de seguir siendo ese escudo y espada que Fidel reivindicó. Porque, como advirtió Hart, «donde no esté la cultura, está el camino a la barbarie».

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