Por: César Gómez Chacón.
Hay hombres destinados a estar siempre donde la historia los necesita. Ramiro Valdés Menéndez, Comandante de la Revolución, es uno de ellos.
Ayer Cuba despidió físicamente a un combatiente cuya vida quedó unida para siempre al proceso revolucionario, desde aquellos días de clarinada cuando, junto a Fidel Castro y la Generación del Centenario, protagonizó el asalto al Cuartel Moncada. Ese 26 de julio de 1953 fue de los pocos que logró traspasar a golpe de heroísmo las puertas de la fortaleza.

Después vendrían la prisión, el exilio, la travesía y el casi milagroso desembarco del Granma, etapas de una misma convicción que nunca abandonó su estirpe de héroe verdadero.
En la Sierra Maestra aprendió a convertir la voluntad en resistencia. Combatió junto a Fidel y bajo las órdenes del Che, compartió riesgos, marchas interminables y la certeza de que la victoria solo podía conquistarse con sacrificio. Allí se forjó el Comandante que llegaría a La Habana en enero de 1959.

Pero para Ramiro el triunfo nunca significó descanso. Comenzaron entonces nuevas batallas, menos visibles y no por ello menos decisivas. Desde el Ministerio del Interior enfrentó años de agresiones, sabotajes y amenazas contra la Patria. Fue el hombre de confianza para las tareas más difíciles, de esos que no buscaban protagonismo porque entendían que servir era más importante que figurar.
Su presencia acompañó muchos de los momentos trascendentales del país. Estuvo entre quienes hicieron suya la responsabilidad por la seguridad del Comandante en Jefe, y encabezó la emotiva misión de traer de regreso a la patria los restos del Guerrillero Heroico y sus compañeros caídos en Bolivia.

Incluso, cuando el tiempo parecía concederle el derecho al reposo, Ramiro Valdés siguió trabajando. Lo hizo hasta el mismo ocaso de su vida. Asumió responsabilidades vinculadas al desarrollo económico y energético del país, empeñado en encontrar (y lo logró) soluciones para Cuba en las actuales y complejas circunstancias.

La Revolución y todo el pueblo de Cuba despidieron ayer a uno de sus más queridos y respetados Comandantes, pero también a un hombre que jamás abandonó la primera línea. Desde el Moncada hasta sus últimos días, Ramiro Valdés Menéndez hizo de su vida una sola trinchera. Y permanecerá en ella como héroe invicto en permanente batallar.
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