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Marco Rubio: la mentira y la obsesión anticubana

Por: César Gómez Chacón.

Hay políticos que exageran. Hay políticos que manipulan y terminan finalmente  atrapados en sus propias mentiras, que pretenden convertir en programa de gobierno. Marco Rubio tiene récord mundial en todos estos parámetros.

Las recientes declaraciones del Secretario de Estado estadounidense sobre Cuba forman parte de una larga cadena de tergiversaciones que va desde la historia de sus propios padres hasta la realidad económica y social del archipiélago rebelde. Por eso resulta difícil hablar de sus posiciones sobre Cuba sin hablar también de sus mentiras.

La falta de empatía de Rubio con el pueblo cubano queda al desnudo cuando niega el impacto de las sanciones que él mismo ha promovido durante años. Afirma que los apagones, la escasez de combustible y las dificultades económicas no tienen relación con el bloqueo, mientras Washington persigue barcos, navieras, bancos y empresas que comercian con Cuba. Primero aprieta el cerco y luego pretende convencer al mundo de que la asfixia no existe.

Una de sus mentiras más reveladoras es la relacionada con su propia familia. Durante años presentó a sus padres como exiliados del triunfo revolucionario de 1959. Sin embargo, documentos y reportes de prensa demostraron que habían llegado a Estados Unidos en 1956, durante la dictadura de Fulgencio Batista. Es decir, no escaparon de la Revolución Cubana. El Comandante Fidel Castro ni siquiera había llegado al poder cuando la familia Rubio abandonó la Isla.

No se trata de una confusión menor. Se trata de una falsedad utilizada políticamente para construir una biografía conveniente y alimentar una narrativa ideológica que luego trasladó a toda su carrera pública made in Miami.

Por eso, cuando Rubio acusa a Cuba de terrorismo sin pruebas, cuando niega el efecto devastador de las sanciones económicas, cuando presenta como «ayuda» las mismas políticas que generan sufrimiento, o cuando intenta convencer al mundo de que la crisis cubana no tiene relación con las medidas coercitivas de Washington, resulta inevitable recordar que ya antes había faltado a la verdad sobre asuntos mucho más personales e importantes. Bajo juramento en más de una ocasión.

Fulton Armstrong, ex directivo de Inteligencia estadounidense, resumió la cuestión al afirmar que: «Trump y Rubio están construyendo un relato a su medida para justificar una escalada contra Cuba». Esa palabra, relato, define perfectamente el problema.

Porque el verdadero expediente político de Marco Rubio no está compuesto por soluciones para Cuba, sino por narrativas fabricadas sobre Cuba. Y cuando un político necesita mentir sobre el pasado de sus propios padres para sostener un discurso, resulta legítimo preguntarse cuánta verdad se borra en sus campañas contra diez millones de cubanos.

Al final, el problema de Marco Rubio no es únicamente su obsesión anticubana. Es que esa patología parece haberlo llevado a confundir propaganda con realidad, y la mentira repetida con verdad histórica. Esa puede ser una estrategia electoral en Miami y hasta en Washington presidenciable, pero difícilmente constituye una política seria para una nación que lleva más de seis décadas resistiendo precisamente ese tipo de manipulaciones. Es una caricatura de política para sus propios electores estadounidenses.

Se vende un triste Pinocho mitomaníaco. Qué lo compre quien se lo crea.

//kbm

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