Por: Annette Rodríguez Gutiérrez.
El 16 de junio se celebra el Día Mundial de las Tortugas, una fecha que para Cuba tiene una relevancia eminentemente práctica y ambiental. Por su posición geográfica en el mar Caribe, las costas y cayos del archipiélago funcionan como áreas críticas de alimentación, desarrollo y desove para varias especies de estos reptiles.

Lejos de ser una conmemoración, este día invita a evaluar el estado de conservación de estos animales y el impacto que las actividades humanas y el cambio climático tienen sobre sus poblaciones en el entorno nacional.
El trabajo de conservación en Cuba no parte de cero; el país cuenta con décadas de investigación científica y programas de monitoreo. Sin embargo, la efectividad de estas políticas depende directamente de la capacidad para mitigar las presiones económicas, la pesca ilegal y las transformaciones ambientales que amenazan la supervivencia de estas especies en el territorio.
De las siete especies de tortugas marinas reconocidas a nivel global, tres utilizan las playas cubanas de manera regular para la nidificación: la tortuga verde (Chelonia mydas), la caguama (Caretta caretta) y el carey (Eretmochelys imbricata). Zonas como la Península de Guanahacabibes, el Municipio Especial Isla de la Juventud y los cayos que integran el Archipiélago de los Jardines de la Reina constituyen los principales escenarios de anidación controlados por especialistas y voluntarios.
El principal desafío biológico que enfrentan hoy estas poblaciones está vinculado al cambio climático. El incremento sostenido de las temperaturas de la arena en las playas de desove altera la determinación del sexo de los embriones (el calor eleva la proporción de nacimientos de hembras), lo que genera un desequilibrio demográfico a largo plazo. Asimismo, el aumento del nivel del mar y la erosión costera reducen físicamente las áreas viables para que las tortugas completen sus ciclos reproductivos.
A pesar de los esfuerzos institucionales, la actividad humana sigue siendo la principal fuente de amenaza para las tortugas en aguas cubanas. Los factores de riesgo más urgentes se concentran en tres áreas:
→ Pesca ilegal y comercio ilícito: Aunque en Cuba rige una veda total e indefinida para la captura de tortugas marinas, persiste la caza furtiva en comunidades costeras aisladas, motivada por el consumo de carne y el mercado negro de artesanías elaboradas con concha de carey.
→ Contaminación por plásticos: Los desechos sólidos que llegan al mar, especialmente las bolsas y fragmentos plásticos, son ingeridos por las tortugas al confundirlos con medusas, su alimento habitual, provocándoles obstrucciones digestivas letales.
→ Desarrollo turístico e iluminación artificial: La urbanización de los litorales y la contaminación lumínica de las instalaciones hoteleras desorientan a los neonatos. Al salir del nido durante la noche, las crías avanzan hacia las luces artificiales de la costa en lugar de guiarse por el reflejo natural del mar, muriendo por deshidratación o depredación.
Cuba dispone de un marco regulatorio estricto para la protección de su biodiversidad. La Ley del Sistema Nacional de Recursos Naturales y el Medio Ambiente tipifica y sanciona severamente la captura, comercio y tenencia de subproductos de tortugas marinas. No obstante, la experiencia de los centros de investigación locales demuestra que la prohibición legal es insuficiente si no se acompaña de un manejo comunitario integrado.
Para garantizar la sostenibilidad de estos programas, es necesario consolidar alternativas económicas en los asentamientos pesqueros, transformando a los actores locales de antiguos extractores a guardianes del recurso a través del turismo de naturaleza y el monitoreo participativo.
La preservación de las tortugas marinas en Cuba no es un asunto secundario de la agenda científica; estas especies cumplen un rol vital en el mantenimiento de la salud de los pastos marinos y los arrecifes de coral, ecosistemas que protegen nuestras propias costas de los eventos hidrometeorológicos extremos. La gestión responsable de su entorno es, en definitiva, una inversión en la resiliencia ambiental del país.

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