Estás aquí

Crónicas de la asfixia: cuando la vida se vuelve penumbra

Mientras la oscuridad se extiende por el cerco imperial que se nos impone, millones siguen ahí, sin filosofías baratas, solo con lo que tienen. Esa es la luz que, contra muchos pronósticos, todavía está viva

Por: Osviel Castro Medel

Autor Imagen: Ares

Es difícil escribir estas líneas porque se viven en carne propia. Porque duelen mientras repaso la noche de noviembre de 2025 en la que Viola, andando a tientas, se cayó y se fracturó la cadera izquierda. Desde entonces la noche se cuela por las ventanas y se instala en su cuerpo de 91 años para hacerse más espesa y mortificante.

Su nieta Gisela la cuida con el alma en vilo. Yo la veo cada noche «trajinando» con ella, cargándola hasta la cama, presta a auxiliarla en sus necesidades y no dejo de mover la cabeza en señal de conmoción o admiración. La miro mientras abre las ventanas y la puerta para que un resquicio de luz penetre hasta el cuarto de su abuela, pero cuando la lámpara se apaga, gastada por el sobreuso, la pobre anciana es atacada por un mar de ansiedades y miedos.

Nictofobia, le llaman científicamente. Miedo a la oscuridad. Pero en el fondo sé que no es un diagnóstico de manual: Viola no le teme tanto a la noche como a sentirse atrapada en ella sin poder moverse, sin poder eludir el calor y unos mosquitos cada vez más ruidosos y «elefánticos».

«Yo nací y crecí en el monte en una zona sin corriente, después me acostumbré a estar con luz eléctrica y ahora me atormento cada vez que no hay. No quisiera estar dándole tanto trabajo a la gente, pero ya ves», dice, hablando desde lo profundo de su corazón. Luego suelta una expresión tremenda: «Desde que esto apretó me desvelo, no puedo dormir».

Sus palabras llegan, calan, me hacen pensar en otros seres humanos con historias similares o con ribetes más dramáticos; en personas que están encamadas y sus familiares las ven achicarse no solo por falta de luz.

Calentar al sol

Me da vueltas en la cabeza la frase «desde que esto apretó» y entiendo que se refiere al deterioro de nuestras condiciones de vida, que están ligadas a sanciones externas archiconocidas, aunque algunos no las quieran ver o busquen justificaciones en nuestras innegables deficiencias internas.

Escuchándola, pienso también en una de mis tías que vive sola, con 82 años a cuestas y una enfermedad reumática. Ella, quien todavía se atreve a coser alguna pieza para estirar su economía, tampoco descansa mucho, atacada por los dolores y el malestar.

«Hace unos meses nos pasábamos 17 y 18 horas sin corriente. Ahora ya andamos por 52. Yo he tenido que poner la comida del día anterior al sol para calentarla porque no he encontrado otra forma, mijo», me cuenta con los ojos humedecidos.

¡Al sol!, caramba. Cada palabra de ella pesa como una losa. Y es que la asfixia contra Cuba no es un concepto: son trozos de historias de diferentes lugares del país que están sufriendo y necesitan contarse sin romanticismo.

Cuando la leche se corta y el teléfono no suena

A finales de este curso vi en mi barrio, en mi propia casa, niños que hicieron sus trabajos finales a la luz de la luna. María Victoria comenzó el de Lengua Española debajo de una lámpara recargable y lo terminó alumbrada por la naturaleza.

La vi apretar los ojos para leer las letras borrosas, y más de una vez me pregunté hasta cuándo tendré que verla luchar contra la oscuridad para cumplir con sus deberes. Por suerte, hasta ahora le ve importancia a este tipo de estudio entre penumbras, pero… ¿qué pensaron otros? ¿Resistirán?

Mi hijo Víctor, a sus cuatro añitos, no podrá entender qué significa déficit energético, apagón o bloqueo. Mucho menos podrá comprender por qué la leche más de una vez ha amanecido cortada y ha tenido que irse a su círculo infantil con poco en el estómago.

Sé que eso me parte el alma, como imagino que les suceda a incontables padres a lo largo de nuestra geografía.

En esta situación, cada día pienso especialmente en mi madre, quien vive en un poblado nombrado Cautillo Merendero y ha tenido que cocinar con leña, carbón, cartones… con lo impensable.

«La lata de carbón ya está por 700 pesos y más», me dice. Entonces medito en que hace unos meses valía la mitad. ¿Qué pasará mañana si siguen creciendo los precios? ¿Llegará el día en que el carbón sea un lujo que ni siquiera los más necesitados puedan permitirse, y entonces mi madre tendrá que buscar otra forma de encender el fuego que calienta su comida y su vida?

Lo que más me mortifica es que cuando no hay electricidad no puedo saber de ella. Se caen los teléfonos fijos, se quedan sin cobertura los móviles, desaparece la conexión. Y tampoco puedo estar tranquilo sabiendo que ella, con casi 80 años, tiene que encender fuego mientras la noche se cierra a su alrededor. Esa incertidumbre de no tener noticias es una angustia que no puede medirse, describirse, contarse.

Y entonces pienso en todos los que, como yo, tienen a un ser querido en un lugar incomunicado, sin electricidad y sin respuestas. Pienso en las madres que no pueden llamar a sus hijos, en esa red de silencios que se extiende cada vez que la luz se esfuma y las comunicaciones se desvanecen.

Corriendo en el hospital

Mónica, mi hija mayor, cursa cuarto año de Medicina. Ella ya ha visto esos correcorre en el hospital cuando la corriente se va. Es cierto que hay un grupo electrógeno que se activa rápido, pero la tensión se apodera de todos en las salas de niños que permanecen en una incubadora o en los cuartos de terapia intensiva.

Me ha contado cómo los médicos improvisan con linternas y teléfonos, que las madres aprietan las manos de sus hijos cuando un monitor se apaga. «Uno se siente tan pequeño, papá», me dice, «tan pequeño y tan impotente». Y yo la escucho, y sé que no está hablando solo de su experiencia, sino de la de todos los que trabajan en la Salud, de todos los que han visto cómo la oscuridad también penetra por donde siempre debería haber luz.

Indefectiblemente, el apagón también es la ausencia de certezas, de control, de alegrías. Es el momento en que una madre se pregunta si su hijo sobrevivirá, si la corriente volverá a tiempo, si las manos de los médicos serán suficientemente rápidas para mantenerlo con vida mientras el mundo parece desmoronarse.

El Presidente Miguel Díaz-Canel Bermúdez lo ha dicho clarísimo: «El apagón no es solamente un problema de megawatts o de déficit de generación. El apagón es el niño que no pudo estudiar para la prueba; la comida que se echó a perder en un refrigerador; el anciano que pasa la noche en vela, sin descanso y con calor. Es el hospital que trabaja al límite, el consultorio que no puede conservar un medicamento, el trabajador que pierde su jornada laboral y el establecimiento que tiene que cerrar. Por eso, la energía no es un tema técnico: es un tema humano, económico y nacional».

Epílogo

Si ahora he contado estas historias personales es porque reflejan tantas otras, porque cada uno de estos nombres podría ser el de cualquier cubano, porque la asfixia no distingue entre familias ni barrios. Escribo para que no se olvide que el apagón no resulta un número en una hoja de cálculo, sino una herida abierta en el costado de un pueblo que se niega a dejar de latir.

Cuando la noche se hace larga y la corriente no llega, cada uno de ellos enciende lo que puede: una vela, una linterna, un teléfono con poca batería, la luna que alumbra los deberes de los niños, la rabia que a veces se convierte en fuerza. Y mientras la oscuridad se extiende, la inmensa mayoría sigue ahí, resistiendo como puede, incómoda y firme al mismo tiempo. Millones siguen ahí, sin filosofías baratas, solo con lo que tienen. Esa es la luz que, contra muchos pronósticos, todavía está viva.

Tomado de Juventud Rebelde

Deja una respuesta