Por: César Gómez Chacón
La victoria del Barcelona el pasado domingo en el Clásico contra el Real Madrid fue vista y celebrada por miles de cubanos, que entre apagones y gracias a baterías eléctricas pudieron seguir el juego.
Y la serie nacional de beisbol (el clásico criollo) tiene al país es vilo y a La Habana en celebración por las victorias consecutivas de su equipo Industriales, ese que tantas veces parece llegar y ganar la final… y luego se ahoga en la orilla. Ojalá dé el alegrón a los capitalinos este año.
No hay secreto: el deporte le viene inoculado en la sangre a los hijos e hijas de este archipiélago rebelde. A pesar de los pesares, Cuba sigue siendo una potencia deportiva en el Caribe, Latinoamérica y también a nivel mundial. Nadie puede negarlo.
Aquí el deporte es mucho más que competencia. Es identidad, orgullo nacional, resistencia. Y en este 2026, esa verdad vuelve a ponerse a prueba y, al mismo tiempo, a confirmarse. Porque mientras arrecian las limitaciones económicas, mientras la política de asfixia de Estados Unidos intenta cerrar cada resquicio de desarrollo, el músculo deportivo de la Isla sigue latiendo con fuerza propia, sostenido por una voluntad colectiva que no entiende de cercos.
Basta mirar el calendario nacional de estos primeros meses del año. La Serie Nacional de Béisbol, como siempre, ha movilizado pasiones de punta a punta del país, reafirmando que el diamante sigue siendo un punto de encuentro para varias generaciones. Paralelamente, los campeonatos nacionales de atletismo, boxeo y otras disciplinas han permitido evaluar talentos, consolidar figuras y, sobre todo, mantener viva la maquinaria formativa que distingue al sistema deportivo cubano.

Cuba tiene un canal deportivo “Telerebelde”, y varias emisoras de radio donde se pasan las competencias nacionales y los mejores torneos del mundo, incluidas muchas lides de las ligas norteamericanas en diferentes deportes.
Pero lo verdaderamente significativo aquí está en el trasfondo: cada competencia, cada evento, se organiza en condiciones mucho más complejas que en otros países. Falta de recursos, dificultades con implementos, limitaciones para viajar o contratar entrenadores. Problemas para recibir los visados cuando se trata de eventos en los Estados Unidos o Puerto Rico… Y aun así, el calendario no se detiene. No se detiene porque hay una decisión política y social de que el deporte siga siendo un derecho del pueblo, no un privilegio de ricos.
En el plano internacional, los resultados también hablan. Figuras como Julio César La Cruz continúan sosteniendo el prestigio del boxeo cubano en la élite mundial, mientras jóvenes y muchachas como Leyanis Pérez confirman que el relevo está asegurado en el atletismo. No son casos aislados: detrás de ellos hay una estructura que, a pesar de las carencias, sigue produciendo campeones.
La clasificación de más de 400 atletas para los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Santo Domingo 2026 es otra señal inequívoca. Cuba no solo estará presente: irá a competir por la cima. Y lo hará con sus armas tradicionales —los deportes de combate, el atletismo— pero también con una generación que ha crecido en medio de mayores dificultades materiales, lo que hace aún más meritorio su rendimiento.
En disciplinas como la lucha y el judo, los resultados en torneos internacionales reafirman una constancia admirable. En otras, como el voleibol o el baloncesto, el proceso es más complejo, pero igualmente persistente. Hay renovación, hay búsqueda, hay inconformidad. Y eso también es parte del movimiento.

Porque si algo caracteriza al deporte cubano hoy es su capacidad de reinventarse sin renunciar a sus esencias. No se trata solo de ganar medallas, sino de sostener un modelo que apuesta por la masividad, por la formación integral, por el acceso desde la base. En un contexto donde muchos sistemas deportivos dependen del mercado, Cuba insiste en un camino diferente.
Por supuesto, el bloqueo norteamericano pesa también en los resultados por lo más rápido, más alto y más fuerte. Pesa en la compra de equipamiento, en la contratación de fogueos internacionales, en la estabilidad de los entrenamientos. Pesa incluso en la vida cotidiana de atletas y entrenadores. Negarlo sería ingenuo. Pero lo que también pesa —y quizás más— es la cultura deportiva acumulada durante décadas, la disciplina y el sentido de pertenencia.
Cada pista, cada ring, cada terreno en Cuba cuenta una historia de resistencia. La suma de miles de entrenamientos bajo el sol, de viajes difíciles, de esfuerzos silenciosos. Es el entrenador que inventa con lo que tiene, el atleta que no se rinde, la familia y la escuela que acompaña.
En este 2026, el deporte cubano vuelve a demostrar que no depende exclusivamente de condiciones materiales para existir. Depende, sobre todo, de una convicción: la de seguir adelante. Y mientras esa convicción esté viva, mientras haya un niño corriendo en una pista improvisada o un boxeador entrenando en un gimnasio humilde, el deporte en Cuba no se detiene ni se detendrá.
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