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Energía bajo asedio

Por: César Gómez Chacón

La tensa situación del Sistema Electroenergético Nacional en Cuba hoy es una dura realidad que golpea a cada familia cubana. Sería de un reduccionismo imperdonable entenderlo como fenómeno aislado o como resultado exclusivo de decisiones internas. Seamos claros: detrás de los apagones, de la inestabilidad en la generación y de las crecientes dificultades cotidianas para el desarrollo del país y la vida de su gente, se encuentra una política sostenida durante más de sesenta y cinco años por el Gobierno de los Estados Unidos.

Al bloqueo económico, comercial y financiero contra la isla rebelde, se suma ahora la asfixia energética, recrudecida hasta lo absurdo en los últimos meses y semanas. Es un cáncer inducido que hoy hace metástasis.

A las 243 medidas adoptadas durante la primera administración de Donald Trump, ignoradas por Biden, se sumaron disposiciones posteriores, las famosas órdenes ejecutivas, las últimas de las cuales bloquean totalmente el suministro de combustible a Cuba y persiguen y penalizan a quienes comercien o inviertan en el archipiélago caribeño. Se busca cortar de raíz cualquier vía de suministro de combustible hacia, a través de amenazas de sanciones y aranceles a terceros países y empresas que intenten comerciar con Cuba. El resultado es una persecución energética que limita severamente la capacidad de generación eléctrica y agrava la vida diaria de la población.

Lo que desde ciertos discursos anticubanos se presenta como ineficiencia o mala gestión del gobierno, responde en realidad a un diseño deliberado tan viejo como la Revolución de 1959: provocar carencias extremas, tensionar la economía y generar descontento social. El objetivo declarado —aunque pocas veces reconocido abiertamente— es convertir el sufrimiento del pueblo en herramienta de presión política, para lograr el largamente acariciado sueño de un levantamiento popular en la isla.

La narrativa de los dirigentes estadounidenses acerca del “Estado fallido” choca con una realidad persistente: Cuba sigue en pie. Ni el bloqueo histórico ni su recrudecimiento en los últimos años y semanas han logrado quebrar la voluntad de un país que ha aprendido a sobrevivir bajo presión constante.

Por el contrario, en momentos puntuales de flexibilización de la política tantas veces fracasada, quedó demostrado cuánto pueden beneficiarse ambos pueblos —el cubano y el estadounidense— de una relación normalizada, basada en el intercambio y el respeto.

Hoy, en medio de apagones y limitaciones, la respuesta cubana no se reduce a la resistencia pasiva. Hay una apuesta por resistir creando, por sostener la unidad nacional y por buscar alternativas propias frente al cerco cada vez más férreo.

Cuba insiste en su opción por el diálogo para resolver asuntos pendientes y de interés mutuo con el poderoso el vecino del norte, pero siempre en condiciones de igualdad y sin concesiones que comprometan su soberanía. Como alternativa no deseada, el pueblo y el gobierno revolucionario también se preparan para las peores variantes. La resistencia a toda costa.

En resumen: la crisis energética que hoy agobia la vida de los cubanos es el resultado de una política de castigo prolongado. Frente a ella, una certeza se mantiene firme: un pueblo que ha resistido durante décadas no está dispuesto a rendirse ahora, ni nunca.

//llhm

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