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Cuba celebra el Día Internacional de las Aves Migratorias

Por Ahmed González Franco

Cada 9 de mayo, Cuba se suma al Día Mundial de las Aves Migratorias. Es una fecha que nos recuerda la increíble hazaña de millones de aves que cruzan mares y continentes, y que encuentran en nuestra isla su primer descanso después de un viaje agotador.

Cuba es mucho más que un punto en el mapa: es un corredor vital en la ruta del Atlántico. Aquí, estas guerreras de la supervivencia hacen escala, se alimentan y recuperan fuerzas. Sin este corredor, muchas especies no podrían completar su travesía.

Las costas del norte de Cuba son los primeros puntos a los que arriban. Los cayos del archipiélago Sabana-Camagüey, en el centro-este del país, las penínsulas de Hicacos y Guanahacabibes, en el Occidente, y Gibara en la zona más oriental, están entre las principales zonas de arribo; ecosistemas que, además de su ubicación geográfica y heterogeneidad de hábitats, mantienen un alto grado de conservación.

Después de horas o días de reposo en estos parajes, muchas especies continúan hacia el interior de la Isla para asentarse. Entre las principales regiones de estancia están el sistema montañoso Sagua-Baracoa, en el extremo oriental; la cordillera de Guamuhaya, el archipiélago de Sabana-Camagüey y la Ciénaga de Zapata, en el centro; y la cordillera de Guaniguanico, en el Occidente.

Celebrar este día es reconocer que las aves migratorias son aliadas invisibles de la vida: controlan plagas, polinizan, dispersan semillas y llenan de vida nuestros paisajes. Pero también es advertir que enfrentan amenazas reales: la caza furtiva, la pérdida de hábitat y los efectos del cambio climático.

Son mensajeras del tiempo, hilos invisibles que cosen el hemisferio. No traen cartas, pero sí memorias: el frío que huye, el instinto que guía, la promesa del regreso. En sus ojos cabe el mapa del mundo; en sus alas, el pulso de la Tierra.

Cuba las acoge como un secreto compartido. Las guarda en sus ciénagas, en sus cayos, en el eco de sus montañas. Y cuando marzo florece, las aves se van —sin despedida, sin ruido—, llevándose consigo un pedazo de sol cubano bajo el ala.

Protegerlas significa mantener a Cuba como refugio seguro, como puente natural entre ecosistemas. Porque cuando decimos no a los males que detienen su vuelo, decimos sí al futuro.

El 9 de mayo es más que una fecha: es un llamado a cuidar a estas viajeras incansables, que nos conectan con el mundo y nos recuerdan que la esperanza también vuela.

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