Por César Gómez Chacón
Hay gestos que se hacen, como acuñó José Martí, “sin llamar a Universo para que lo vea a uno pasar”. La máxima martiana se aplica perfectamente al señor Rob Miller, quien acaba de recibir la Distinción por la Cultura Cubana de manos de Alpidio Alonso Grau, ministro del ramo.
Desde el proyecto Screen Cuba Festival, Miller ha hecho algo más que exhibir cine: ha defendido la memoria cultural de una nación. Gracias a los fondos recaudados en cines de Londres, ha sido posible restaurar parte esencial de la obra del imprescindible Juan Padrón, en particular la serie dedicada al icónico personaje de animados Elpidio Valdés. Seis audiovisuales recuperados son mucho más que cifras; son fragmentos de identidad rescatados al desgaste del tiempo.
Lo significativo es el momento histórico. En un contexto internacional donde Cuba enfrenta múltiples limitaciones y una política de asfixia por parte del gobierno de los Estados Unidos, iniciativas como esta desmontan el aislamiento que algunos intentan imponer. Miller, junto a su equipo, ha construido un puente vivo entre el público británico y la cultura cubana.
La entrega de la Distinción por la Cultura Cubana se trata no solo de un reconocimiento institucional; es el reconocimiento a una trayectoria tejida con coherencia, compromiso y una sensibilidad que ha sabido convertir la solidaridad en acción concreta.
El reconocimiento del Ministerio de Cultura con el mayor galardón que este organismo otorga a cubanos y extranjeros que contribuyen al patrimonio y el desarrollo del arte y la cultura, destaca el compromiso del amigo Miller con los valores humanistas y sociales de la Isla. Sus intervenciones públicas, artículos y acciones han sido consistentes, siempre orientadas a visibilizar la realidad cultural rica y resistente del archipiélago rebelde al que se intenta asfixiar desde el Norte revuelto y brutal.
En tiempos donde abundan las distancias, historias como marcan un término que algunos pretenden olvidar: la solidaridad. Cuando una obra se restaura, también se restaura la memoria compartida. Y en ese acto, en esa voluntad de preservar y acompañar, del señor Miller se confirma una verdad sencilla y poderosa: Cuba no está sola
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