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Un encuentro que va más allá del campo

Por César Gómez Chacón

En Güira de Melena, donde la tierra tiene fama de ser agradecida y los campesinos hablan con la seguridad de quien conoce cada surco, comenzó esta semana el IX Encuentro Internacional de Agroecología, Soberanía Alimentaria, Educación Nutricional y Cooperativismo. Y aunque a simple vista pueda parecer otro evento más dentro del calendario agrícola, lo cierto es que este encuentro trae algo distinto: una mezcla de urgencia y esperanza que hoy preocupa al mundo entero.

Porque cuando el cambio climático ya no es pronóstico sino realidad, cuando la sequía golpea más fuerte que nunca y los patrones de consumo se vuelven cada vez más injustos, hablar de agroecología no es una moda ni un discurso para congresos: es una respuesta necesaria. Que delegados de 15 países hayan venido a Cuba a compartir experiencias es prueba de que las soluciones no están solo en los grandes laboratorios, sino también en las manos que siembran, cosechan y cuidan la tierra.

Por eso la presencia del Viceprimer Ministro Jorge Luis Tapia Fonseca en el intercambio inicial con los participantes no fue una simple cortesía. Fue una señal de que, en un país donde producir alimentos es una batalla diaria, cada conocimiento compartido puede convertirse en una herramienta para resistir y avanzar. La agroecología no promete milagros, pero sí promete algo mucho más serio: sostenibilidad, autonomía y resiliencia.

Lo que más destaca del encuentro no son los programas ni las cifras, sino el ambiente de intercambio real. Agricultores que defienden sus semillas criollas, jóvenes que buscan un campo más justo, expertos que llevan décadas estudiando cómo salvar suelos degradados… Todos se escuchan. Y de esos espacios salen ideas que no nacen en una oficina climatizada, sino en la vida cotidiana del surco.

Los recorridos por fincas y cooperativas, los intercambios entre expertos sobre los múltiples temas que apuntan a la soberanía alimentaria, van tejiendo una red de experiencias que atraviesa fronteras. Cuba aporta su historia cooperativista, su resistencia frente a modelos agrícolas industrializados y la creatividad con que ha logrado sostener la producción en circunstancias bien adversas, las impuestas por la naturaleza y por la guerra económica de los estados Unidos. Otros países aportan sus propias luchas, aciertos y aprendizajes. Y ahí está lo valioso: cada quien llega con su realidad y se va con herramientas nuevas.

Hoy el mundo discute quién controla los alimentos, quién decide qué se produce y para quién. Y en medio de esa discusión, la agroecología aparece como un lenguaje común para quienes no quieren un campo dominado por unos pocos ni una alimentación en manos de intereses que miran más el mercado que a las personas.

Por eso este encuentro no es solo técnico: es profundamente político, en el sentido más noble. Hablar de cómo se cultiva es hablar de cómo se vive. Defender la diversidad agrícola es defender la diversidad cultural. Apostar por semillas propias es apostar por soberanía. Y reunirse a debatir sobre todo esto, en un país que ha insistido durante décadas en producir con equidad y respeto a la tierra, tiene un simbolismo innegable.

La clausura en el Palacio de Convenciones, seguida de la grabación del gustado programa de la televisión nacional “Palmas y Cañas”, será una despedida a la manera cubana: con reflexión, pero también con música, identidad y sentido de pertenencia.

Y quizá ese sea el cierre real del encuentro: recordar que, mientras algunos insisten en que la agricultura debe subordinarse a las lógicas del mercado, miles de campesinos, científicos y cooperativistas —aquí y en otros países— siguen defendiendo otra idea. Una donde la tierra no se explota, sino que se acompaña. Una donde producir alimentos no es un negocio, sino un acto de responsabilidad. Y una donde, para salvar el futuro, el conocimiento se comparte, no se vende.

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