Por: César Gómez Chacón
El próximo 3 de junio el pueblo cubano celebrará el cumpleaños 95 del General de Ejército Raúl Castro Ruz. En medio de las batallas por la soberanía de la Patria, la figura de Raúl se alza victoriosa. Hay sobradas razones para festejar una vida marcada por la coherencia, la lealtad y el compromiso con la historia de esta nación que no sabe vivir de rodillas.
En Raúl se resume una parte importante de la última etapa revolucionaria en este archipiélago irredento, desde mediados del siglo XX hasta hoy. Es el mambí rebelde con el pie siempre en el estribo, símbolo de ética y resistencia, una manera muy personal de conjugar la responsabilidad con el amor a su pueblo.

En el año del centenario del Comandante en Jefe Fidel Castro, su hermano de sangre y de lucha, la figura de Raúl adquiere una dimensión aún más clara: la continuidad no como consigna, sino como práctica diaria. Desde los días del Moncada hasta los desafíos contemporáneos, su trayectoria ha sido la de quien no claudica, sin perder jamás la sensibilidad humana. Ahí está el hombre que lloró a Vilma, su compañera en la Sierra, en la Revolución, en el amor y la familia. Las manos firmes que llevaron las cenizas de Fidel hasta su piedra definitiva.
El General de Ejército es el dirigente que hizo de las Fuerzas Armadas Revolucionarias un bastión victorioso en la defensa del país y en las batallas internacionalistas; el estadista que impulsó transformaciones económicas sin renunciar a la justicia social; el político que apostó siempre por la paz, “Evitar la guerra equivale a ganarla”.
Súmese a ello su contribución personal a procesos internacionales de diálogo, como los acuerdos de paz en Colombia o la proclamación de América Latina y el Caribe como Zona de Paz.
Por eso, cuando desde Estados Unidos se anuncian ahora las más absurdas imputaciones contra su figura, para justificar una supuesta agresión armada contra la isla rebelde, lo que se pone en evidencia nuevamente es la profunda incoherencia de quienes cada noche tienen la pesadilla de tomar a Cuba por la fuerza. No hay legitimidad jurídica ni moral, sino otro intento por disfrazar la justicia con una maniobra política que pretende reescribir la historia y deslegitimar a quienes, como el General de Ejército, han dedicado largos años de vida a defender la soberanía de la Patria.

Resulta difícil tomar en serio ese tipo de acusaciones cuando provienen de un país cuyo historial internacional está marcado por intervenciones, guerras y operaciones de desestabilización en el mundo entero. Pretender juzgar hoy a Raúl Castro ─ ¿en los Estados Unidos? ─ es, en esencia, una soberana estupidez.
Pero más allá de cualquier respuesta oficial o diplomática por parte de Cuba, lo verdaderamente relevante es la reacción de su pueblo ante la infamia y las amenazas. Porque Raúl es parte de una historia colectiva. En cada escuela, en cada barrio, en cada centro de trabajo, en cada surco y unidad militar hay una memoria viva imposible de manipular.
Celebrar sus 95 años en este contexto va más allá de un acto de homenaje: es una afirmación de principios. Se trata de defender lo construido, transformar lo que debe ser cambiado y sostener la soberanía como eje principal, sin estridencias, pero con firmeza, como él nos ha enseñado.
Raúl es Raúl, acuñó Fidel. Y su sentencia sencilla iba cargada de sentido. En ella se resume toda una historia de firmeza, humildad, de resistencia y amor, de fidelidad a toda prueba, que no admite juicios ajenos ni manipulación alguna.
Raúl es hijo Cuba, abuelo, padre, hermano de millones de mujeres y hombres que no dudarán en ir hasta las últimas consecuencias si el enemigo comete el error de hacer realidad alguna de sus amenazas de los últimos días.