Por César Gómez Chacón
Este es un amanecer distinto, que trae pasos, banderas, voces que se buscan y se encuentran aún en la oscuridad. Es el Primero de Mayo, Día internacional de los trabajadores. Y entonces, inevitablemente, la pregunta se cuela entre la multitud como una corriente invisible: ¿por qué desfilamos hoy los cubanos?
Desde temprano, cuando la luz apenas dibujaba los primeros contornos en La Habana, a la Plaza de la Revolución, comenzaron a llegar los primeros rostros. Obreros con sus manos curtidas, estudiantes con la energía intacta, médicos que conocen el pulso de la vida, artistas, campesinos, deportistas… un país entero echado a andar. No convocados por una obligación, sino por algo más profundo: una convicción que no necesita explicaciones largas. Los habaneros nos vamos en cuadro apretado a la Tribuna Antimperialista.
Encabezan la marcha, el General de Ejército Raúl Castro Ruz, el del Moncada, la Sierra, Girón, el del internacionalismo y todos estos años de fiel lucha revolucionaría. Junto a él: Miguel Díaz-Canel Bermúdez y otros dirigentes del país. Pero, en realidad, quienes conducen la marcha son los miles, es el pueblo mismo, con su memoria, con su historia, con su terquedad de seguir siendo.
La marcha es mucho más que certeza.
¡Y desfilamos! Porque la historia no es recuerdo, es responsabilidad.
Aquí no se desfila por inercia. No hay automatismo en estos pasos de millones. Cada Primero de Mayo es un diálogo con la epopeya patria. Con los que estuvieron antes, con los que resistieron y resisten cuando parecía y parece imposible, con los que hicieron de la soberanía algo más que una palabra.
Cuando se alzan las consignas contra el bloqueo, cuando se denuncian las amenazas, se nombra una realidad que pesa, que aprieta, que algunos intentan rendir. Pero aquí estamos, pueblo que responde con conciencia y amor, con sabiduría y convicciones.
Hay cosas que no se negocian: la independencia, la dignidad, el derecho a decidir el propio destino.
Desfilamos, entonces, porque sabemos lo que cuesta no hacerlo. Desfilamos porque la Patria cubana no es abstracta: se toca, se vive. “La Patria se defiende en calles y plazas”, literalmente!
Las arterias de La Habana y de todo el archipiélago se llenan de una energía difícil de traducir en cifras. No son solo “miles”. Son historias individuales que se vuelven una sola voluntad. Son manos que trabajan, mentes que crean, cuerpos que resisten. Son los que sostienen un país día a día, desde el surco, el laboratorio, desde el aula, la fábrica, la termoeléctrica, la escuela, desde el hospital y la trinchera.
Desfilamos porque la Patria es la vida concreta que se protege. Y los ideales.
Desfilamos por la paz cuando otros apuestan por la guerra y nos amenazan cada día. En un mundo donde crecen los discursos de odio, es esa nuestra declaración política. La paz con soberanía, sin sumisión, la firmeza sin renunciar a la cordura, son nuestra única elección.
¡Proletarios de todos los países —hoy más que nunca– uníos!
Desfilamos porque creemos. Desfilamos porque hay un país que no se rinde. Desfilamos porque la unidad no es un eslogan, sino una necesidad. Desfilamos porque cada paso en la calle es también un mensaje al mundo: Cuba existe, resiste y decide por sí misma. No hay miedo.
Desfilamos por los que están, por los que ya no están, por Fidel invicto y por los que vendrán detrás.
Los cubanos desfilamos porque seguimos creyendo en el futuro, porque seguimos siendo.
¡Aquí estamos. Somos el pueblo trabajador e invencible!
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