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La culpa de Fidel

Por: César Gómez Chacón

La culpa de Fidel es haber nacido en Birán, el 13 de agosto de 1926, el mismo año del ciclón, pero con dos meses de adelanto. Esto marcaría su vida como un atrevido remolino y un experto previsor de tormentas.

La culpa de Fidel es haber crecido con sus hermanos entre los cañaverales orientales, de la mano de un Ángel duro de familia gallega y desde el corazón de una angelical pinareña, Lina, nombre árabe que significa “palmera” o “tierno”.

La culpa de Fidel es graduarse de bachiller en letras (¡EN LETRAS mayúsculas!) en el Colegio de Belén, en La Habana, el mismo 1945 cuando Hitler era vencido por las tropas soviéticas en Berlín.

La culpa de Fidel está bendecida por los curas jesuitas, que entonces vaticinaron: “Cursará la carrera de Derecho y no dudamos que llenará con páginas brillantes el libro de su vida (…) tiene madera y no faltará el artista”.

La culpa de Fidel es haberse parido dirigente revolucionario en la Universidad de La Habana, lo que le costó golpes, represión y encierros, que fortalecieron el espíritu del luchador que llevaba dentro.

La culpa de Fidel, en 1947, es haberse intentado combatiente internacionalista contra el dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo, sobrevivir a su primer fracaso como expedicionario y, un año después, al peligroso “Bogotazo” colombiano.

La culpa de Fidel es graduarse como Doctor en Derecho Civil y Licenciado en Derecho Diplomático en 1950, sin dejar a un lado la lucha.

La culpa de Fidel es haber sido martiano por convicción y militante de la Patria, como seguidor del Partido Ortodoxo de Chivás. Pero su mayor herejía fue vincularse desde entonces a las ideas marxistas.

La culpa de Fidel es haberse enfrentado al golpe de estado de Batista desde el 10 de marzo del 52, cuando públicamente pidió 100 años de cárcel al dictador.

La culpa de Fidel es no dejarse amilanar y organizar en la clandestinidad a los jóvenes de la Generación del Centenario, con quienes intentó asaltar el destino de Cuba aquel 26 de julio del 1953. Es haberse crecido ante la derrota del Moncada, el martirio de sus hermanos; defenderse y absolverse ante el juicio de la historia; y soportar con la frente en alto cárcel y calumnias.

La culpa de Fidel es volver y volver a comenzar, desde el Granma, la Sierra, las mil batallas ganadas, y las perdidas, y sus combatientes caídos en el camino hasta la victoria de enero del 59.

La culpa de Fidel es la Revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes, la Cuba socialista en las propias narices de los Estados Unidos. La de Girón en menos de 72 horas, la de la Crisis de Octubre que pudo ser el peor final de todo el universo.

La culpa de Fidel es reinventarse un país distinto cada día, sin hacer jamás concesiones de principios. Combatir toda la vida, asediado y amenazado por el imperio más poderoso de la historia, y vencerle una y otra vez.

La culpa de Fidel es no haberse cansado en más de 50 años de lucha, de nuevos reveses, duros golpes al alma, nuevamente pérdidas irreparables. Siempre hasta la victoria… Y de triunfos inolvidables con nombres africanos y de deportistas olímpicos y artistas mundiales.

La culpa de Fidel es el regreso de un niño desde las fauces del monstruo a los brazos de su padre; y de los héroes al regazo de sus madres; a la más venerada de todas: la tierra cubana.

La culpa de Fidel es haberse ganado el cariño y la confianza de su pueblo y de millones de agradecidos en el mundo. Es llegar invencible, noventa años después, y tras 600 intentos de atentado, a su grano de maíz junto a Martí.

La culpa de Fidel es no saber cómo irse cada 25 de noviembre. Es no habernos enseñado, definitivamente a vivir sin él.

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