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El genocida bloqueo, desde la firma de la Orden Ejecutiva 3447

Cuenta el secretario de prensa del presidente John F. Kennedy, Pierre Salinger, que, el mandatario, un adicto a los puros le encargó comprar la mayor cantidad posible de tabacos cubanos Petit H. Upmanns en las tiendas de Washington, y que solo cuando le informó personalmente de la adquisición de mil 200 habanos, satisfecho sacó un papel y firmó la Orden Ejecutiva 3447, que imponía el bloqueo económico, comercial y financiero contra Cuba oficializado el 3 de febrero de 1962.

Esa medida se complementaría con un programa secreto de acciones terroristas que incluyó planes de asesinatos contra Fidel Castro y otros líderes cubanos, operaciones subversivas, de espionaje, mediáticas, y de aislamiento diplomático que finalmente deberían concluir en una invasión directa de EE.UU. a finales de ese año, bajo el concilio de la CIA y el Pentágono como parte de la Operación Mangosta, con la que el huésped de la Casa Blanca quería sacarse la espina de la derrota de la invasión de Bahía de Cochinos.

Fueron las mayores y más completas operaciones encubiertas que organizó Estados Unidos contra otro territorio en tiempo de paz, en gran medida iniciadas con el bloqueo firmado por el presidente Kennedy y que reflejaba la desesperación y la frustración de la clase política estadounidense, que no pudo resignarse a una Cuba independiente, que iba antes del triunfo de la Revolución en el camino de convertirse a finales de la década de 1950 en el garito más grande del mundo, regenteado por la mafia estadounidense con la completa complicidad de la dictadura de Fulgencio Batista.

Las ramificaciones del genocida bloqueo

Posteriormente, el 31 de mayo de 1964 el gobierno norteamericano extendió tal cerco a la prohibición total de exportación de medicinas y alimentos, funesto legado con el que la Casa Blanca ha demostrado que no tiene límites en su política genocida contra la Isla.

En esos momentos, una campaña mediática hizo cacarear a la prensa occidental aliada a Estados Unidos que esas medidas eran acciones legales de defensa de los intereses de la nación norteña ante la amenaza “Castro comunista”.

Realmente la aprobación por Kennedy de iniciar tal acción imperial era parte de un complejo entramado de las acciones de guerra económica de la CIA conocido como Operación Mangosta, que buscaba vengarse por la derrota de Playa Girón y que en su etapa culminante en octubre de 1962, pretendía que junto a un alzamiento contrarrevolucionario general, se produciría la invasión de las tropas estadounidenses.

John F. Kennedy en La Habana

Vale hacer un recuento y ver cuánto de Cuba conocía el mandatario estadounidense. En diciembre de 1957 el futuro presidente no pudo resistirse al influjo de los excesos de la vida nocturna habanera y fue huésped distinguido del mafioso Santos Traficantes, zar del crimen organizado en la Antilla Mayor, quien le dispuso al joven senador demócrata por Massachusetts, la más lujosa suite del Hotel Comodoro para disfrutar de juergas, junto a bellas prostitutas facilitadas por el capo mafioso, según el libro Nocturno en la Habana, del estadounidenses TJ English.

Sin embargo, ni esos desenfrenos, ni las frivolidades de la Isla que conoció, nublaron el entendimiento al futuro mandatario que años después -en plena campaña por la presidencia en 1960- dijo:

«Quizás el más desastroso de nuestros errores fue la decisión de encumbrar y darle respaldo a una de las dictaduras más sangrientas y represivas de la larga historia de la represión latinoamericana. Fulgencio Batista asesinó a 20 000 cubanos en siete años, una proporción de la población de Cuba mayor que la de los norteamericanos que murieron en las dos grandes guerras mundiales.”

Después de ganar las elecciones era de esperarse que, de acuerdo con esos puntos de vista, el más joven presidente de la historia de EE.UU., aplicaría una política de entendimiento hacia La Habana, pero la historia fue muy diferente, al seguir adelante con la agresividad de la anterior administración.

Al respecto Fidel expresó en el libro Conversaciones con Ignacio Ramonet: «Y creo que Kennedy fue un hombre de gran entusiasmo, muy inteligente, con carisma personal, que trataba de hacer cosas positivas. Quizás, después de Roosevelt, fue una de las personalidades más brillantes de Estados Unidos. Cometió errores: dio luz verde a la invasión por Playa Girón en 1961, pero esa operación no fue preparada por él, sino por el gobierno anterior de Eisenhower y Nixon. Él no fue capaz de frenarla a tiempo (…) si Kennedy hubiese sobrevivido es posible que las relaciones entre Cuba y Estados Unidos hubiesen mejorado”.

Tal vez la historia pudo ser otra si no fuera por Dallas

Después del fracaso de los planes para derrocar la Revolución en 1962, contemplados en la Operación Mangosta y la conclusión de la Crisis de Octubre de ese año, el mandatario intentó cambiar la política errada de agresiones y de bloqueo contra el vecino archipiélago.

El día del magnicidio de Dallas el 22 de noviembre de 1963, precisamente, el líder cubano estaba reunido con el periodista francés, Jean Daniel, amigo de Kennedy que le había traído un mensaje de éste para iniciar un diálogo que se frustró tras aquel suceso.

Esa nueva política era inadmisible para quienes fueron los principales sospechosos del atentado: la extrema derecha estadounidense, la CIA, la mafia y la contrarrevolución anti cubana, que consideraban al mandatario poco menos que un traidor por no apoyar con la invasión directa a la brigada mercenaria en Playa Girón y sobre todo por los seguros cambios que realizaría con Cuba, entre otros motivos.

Obama, 51 años después

Desde el 17 de diciembre de 2014, figuras de la contrarrevolución sembrados en el poder legislativo se dedican a boicotear la nueva política del presidente Barack Obama sobre Cuba, proponiendo iniciativas de todo tipo e incrementando sus campañas de acuerdos y lobbys anti cubanos.

Mientras, en el actual y muy diferente contexto el presidente Joe Biden se encuentra en otro dilema al ser incompetente para continuar los pasos de la administración Obama, del cual fue su vicepresidente, en la normalización de las relaciones con la Isla para terminar con el acoso más largo y repudiado de la historia y contra el cual se pronunció también en su campaña electoral.

Han pasado sesenta años de ese recorrido del secretario de prensa del presidente John F. Kennedy, Pierre Salinger, por tiendas, bares y cantinas de la capital estadounidense para cumplir con el encargo de su Jefe, aunque a Kennedy no le alcanzó la vida para disfrutar de sus Petit H. Upmanns, que hoy se subastan en miles de dólares, y tampoco para poner fin al bloqueo que él mismo oficializó, y que rechazan la mayoría de los países del mundo cada año en la Asamblea General de la ONU.

 

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