Recordemos, aferrémonos a la historia patria en estos días difíciles y de definiciones
Por César Gómez Chacón
El 8 de enero de 1959 amaneció con un sol distinto en la capital cubana. Desde temprano, la ciudad parecía contener la respiración. Venía de lejos, desde la Sierra, desde Santiago de Cuba, desde los caminos polvorientos del país recién nacido, desde la victoria conquistada a sangre y fuego. La Caravana de la Libertad, ese río humano de barbudos épicos y rebeldes, con Fidel Castro a la cabeza haría mucho más que su entrada triunfal a la ciudad más importante del país. Era la historia misma la que estaba colmando de esperanzas y alegría la urbe a orillas del mar.
Las flores desde los balcones repletos, las calles desbordadas, banderas improvisadas, lágrimas sin pudor, gente que se abrazaba y se besada sin conocerse. La Habana se echó a la calle porque entendía, incluso sin palabras, que algo definitivo estaba ocurriendo. El dictador había huido, la tiranía había sido derrotada y el pueblo, por primera vez en mucho tiempo, sentía que el futuro no le era ajeno.

La Caravana avanzó lentamente, detenida una y otra vez por el abrazo popular. Fidel de 31 años saludaba, hablaba, escuchaba. No entraba como un caudillo distante, sino como líder de pueblo. En el cuartel de Columbia —hoy Ciudad Escolar Libertad— se produjo uno de esos momentos que la memoria popular guarda como un tesoro: cuando el Comandante, micrófono en mano, preguntó a uno de sus heroicos y más queridos guerrilleros, que permanecía a su lado: “¿Voy bien, Camilo?”, y la respuesta espontánea del pueblo confirmó que aquella Revolución caminaba con brújula colectiva.
Vale la pena volver una y otra vez sobre ese discurso del 8 de enero. No por nostalgia vacía, sino porque allí quedó marcada una ética. Fidel habló de victoria, sí, pero también de sacrificio. Con una claridad que aún asombra, advirtió al pueblo que el camino no sería fácil, que lo más duro comenzaba entonces. “Tal vez en lo adelante todo sea más difícil”, dijo, lejos de cualquier triunfalismo. No prometía milagros; convocaba a la responsabilidad histórica.

Ese día, La Habana no solo recibió a los barbudos victoriosos. Recibió un proyecto de país, una idea de justicia social, una Revolución que se sabía en peligro desde su nacimiento y que, aun así, apostaba por la dignidad. Desde aquel día la ciudad y su pueblo pasaron a ser protagonistas de su destino.
Cada aniversario del 8 de enero devuelve esas imágenes: Fidel jovencísimo con su sonrisa verde olivo, Raúl, el Che, Almeida, los comandantes, capitanes y soldados rebeldes, la multitud infinita, el diálogo sincero con el pueblo. No como postal congelada, sino como imagen viva. Porque aquel día quedó claro que la Revolución no era un acto concluido, sino una obra en permanente construcción, exigente, difícil, profundamente humana, terriblemente asediada.
Y quizá por eso, más de seis décadas después, el octavo día de 1959 sigue siendo un día para recordar no solo cómo se llegó a él, sino por qué y sobre todo para qué se llegó.
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