Por César Gómez Chacón
El triunfalismo exagerado de los generales yanquis que hoy inundan las redes, luego de la “operación militar perfecta” para secuestrar al presidente Nicolás Maduro y a su esposa en Caracas, es la misma reacción del león que se come al cordero. Poco a poco van saliendo a la luz los detalles de un operativo basado más en los errores del enemigo que en las virtudes las super tropas de asalto yanquis.
Las subsiguientes declaraciones del presidente estadounidense Donald Trump y su secretario de Estado Marco Rubio a la prensa, para regodearse en la victoria de sus halcones, llevaban el mismo tufo.
Hasta ahí, lo que sería casi lógico. Pero los periodistas carroñeros del imperio fueron por más sangre y preguntaron sobre Cuba y el presidente Miguel Díaz-Canel Bermúdez. Era el pie forzado, acaso “cuadrado” de antemano, para lanzar el zarpazo de la amenaza y poner la duda en el colimador.
La reiteración paternalista y mentirosa del “estado fallido” confirma que en la cúpula de Washington no hay interés alguno en un análisis honesto, sino en la reiteración del mismo estribillo que deja el signo de interrogación abierto, algo así como “hoy estamos aún muy ocupados en cosas mayores, pero siempre habrá tiempo mañana para ocuparnos de las pequeñeces”. Es el cinismo elevado a política de Estado.
Estas declaraciones no ocurren en el vacío. Se producen en un contexto internacional marcado por la reactivación sin pudor de la doctrina Monroe, por un lenguaje cada vez más agresivo desde la Casa Blanca y por la peligrosa normalización de prácticas imperiales que dividen al mundo en zonas de influencia. Venezuela y su petróleo del pueblo era un mal ejemplo que debía ser corregido a bombazo limpio. Y cayeron las primeras bombas. Trump no asegura que serán las últimas.
La agresión sistemática contra Caracas hasta la agresión militar de hace dos días demuestra hasta dónde está dispuesto a llegar Estados Unidos cuando un país decide ejercer su soberanía. Sanciones, sabotaje, amenazas militares y guerra mediática forman parte del mismo manual, que termina con olor a pólvora, sangre y destrucción.
Frente a ello —ha quedado nuevamente demostrado— abundan las declaraciones tibias y los silencios convenientes de gobiernos que dicen defender el Derecho Internacional, pero miran a otro lado cuando el imperialismo aprieta su garra.
Cuidado con las confusiones
Cuba no es Venezuela. Y esa diferencia no es coyuntural, es histórica, política y profundamente cultural. La Revolución cubana de 67 años ha sido para los yanquis el hueso más duro de roer.
En el año del Centenario del natalicio del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, cobra plena vigencia una de sus lecciones fundacionales. El 14 de agosto de 1959, Fidel fue categórico: “solo de nosotros mismos dependemos para defendernos”. Años más tarde, en 1975, durante el Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba, lo reafirmó con palabras que hoy resultan premonitorias:
“Mientras exista el imperialismo, el Partido, el Estado y el pueblo les prestarán a los servicios de la defensa la máxima atención. La guardia revolucionaria no se descuidará jamás. La historia enseña con demasiada elocuencia que los que olvidan este principio no sobreviven al error.”
El general de Ejército Raúl Castro no solo se mantiene con el pie en el estribo, siguiendo las pautas de su hermano y trasmitiendo experiencias a las nuevas generaciones de dirigentes. De él una frase que personalmente se ha encargado de reiterar todos estos años: “La orden de combatir está dada siempre.”

Trump y Rubio pueden seguir fabricando etiquetas, amenazas y escenarios ficticios. Pueden mentir al mundo y a su propia opinión pública. Pero que nadie se equivoque: Cuba no es un experimento fallido ni una pieza débil en el tablero geopolítico. Cuba es una nación con memoria, con dignidad y con un pueblo bien preparado, con experiencia en múltiples las batallas internacionalistas, y en la defensa armada de su territorio: Remember (recuerden) Girón).
Para quienes olviden esas verdades y la historia escrita con la sangre generosa de cubanas y cubanos —parafraseemos a Fidel—: no sobrevivirán al error.
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