Por: Brenda de la Caridad Díaz Ocaña
El Día Internacional del Jazz fue proclamado en 2011 por la Conferencia General de la UNESCO, gracias al impulso del legendario pianista y embajador de buena voluntad de la organización, Herbie Hancock.
La fecha —el 30 de abril—, no es casualidad: coincide con el final de la primavera en el hemisferio norte y el otoño en el sur, una metáfora perfecta de cómo esta música nace del cruce de estaciones, culturas y sensibilidades.
Fue la manera en que una comunidad que había sido arrancada de su tierra, vendida, humillada y segregada encontró una forma de expresar su dolor sin perder la dignidad. Pero el jazz no es solo dolor. Es también una celebración de la vida, una afirmación de que incluso en las peores condiciones, el ser humano puede crear belleza.
La UNESCO, en colaboración con el Herbie Hancock Institute of Jazz, organiza cada año conciertos en más de 190 países, desde la Ópera de Sídney hasta el Castillo de Praga, desde la Plaza de la Catedral de La Habana hasta el Centro Kennedy de Washington.
El jazz es más que música, declaró Hancock en la primera celebración del Día Internacional del Jazz en 2012. Es una herramienta para la paz, el diálogo y el entendimiento entre culturas. Cuando improvisamos juntos, aprendemos a escucharnos, a respetarnos, a encontrar un terreno común sin perder nuestra identidad .

Hablar de jazz en Cuba es hablar de una de las relaciones musicales más fértiles y complejas del mundo. Llegó a la isla a través de los barcos que conectan Nueva Orleans con La Habana a principios del siglo XX. Pero Cuba no fue una simple receptora. Rápidamente, los músicos cubanos empezaron a incorporar sus propios ritmos —el son, el danzón, la rumba, el mambo— a la estructura del jazz, creando un género híbrido que los estadounidenses llamaron » cubop» o «jazz afrocubano » .
Dizzy Gillespie fue el gran puente. En la década de 1940 se asoció con el percusionista cubano Chano Pozo para componer clásicos como «Manteca» y «Tin Tin Deo» . Por primera vez, las congas y los bongós entraban en una big band de jazz. La revolución estaba en marcha.

Desde entonces, Cuba ha producido una generación tras otra de músicos de jazz de talla mundial: el pianista Bebo Valdés, creador del mambo; su hijo Chucho Valdés, fundador de Irakere, banda que fusionó jazz, rock y folclor cubano; el trompetista Arturo Sandoval, que huyó de la isla en 1990 y hoy es una leyenda en Estados Unidos; el saxofonista Paquito D’Rivera; el pianista Gonzalo Rubalcaba; y el baterista Horacio «El Negro» Hernández.
En Cuba, el jazz no es un género de élite. Se escucha en los bares de La Habana Vieja, en las peñas de Centro Habana, en el famoso club Zorra y El Cuervo y, desde hace más de cuatro décadas, en el Festival Internacional de Jazz de La Habana, que cada año atrae a músicos de todo el mundo.

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