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Cien fuegos inapagables

Por: César Gómez Chacón

El 8 de enero de 1959, millones de cubanos ven por la televisión y escuchan en la radio por primera vez un discurso del Comandante Fidel Castro. El líder barbudo habla con la voz rasgada por el cansancio y la emoción; cuenta sobre los últimos días a partir de la huida del tirano; traza pautas del futuro duro que avizora en medio de la alegría por el triunfo revolucionario; desmiente rumores; recalca  sobre la importancia de escuchar al pueblo.

“Porque la opinión pública tiene una fuerza extraordinaria y tiene una influencia extraordinaria (…) En la época de dictadura la opinión pública no es nada, pero en la época de la libertad la opinión pública lo es todo, y los fusiles se tienen que doblegar y arrodillar ante la opinión pública”…

Es en ese momento cuando Fidel se vira hacia aquel hombre del sombrero, que permanece extasiado y vigilante a su lado, y le pregunta: “¿Voy bien, Camilo?” Le responde la muchedumbre con vítores y exclamaciones de: “¡Viva Camilo!”

¿Qué ha sucedido? ¿Fidel Castro se siente inseguro? ¿Necesita realmente la respuesta del aludido? Es obvio que no. La pregunta de quien fue después considerado como uno de los mejores oradores del mundo, no va realmente dirigida a Camilo, sino al pueblo. Es el reconocimiento del líder de la Revolución al más popular de sus comandantes.

De la aventura a la historia

Hay muchos héroes en la Revolución cubana, pero ninguno de ellos tuvo mayor arraigo popular, ni ganó más calificativos en su estela meteórica hacia la leyenda inmortal, que Camilo Cienfuegos Gorriarán.

Sólo 2 años y 29 días le bastaron a este joven habanero para convertirse en “el Señor de la Vanguardia”, el hombre de mil anécdotas, el Comandante del sombrero alón y de la eterna sonrisa,  el Héroe de Yaguajay, y –para el Che Guevara– el “compañero de cien batallas, y el hombre de confianza de Fidel en los momentos difíciles de la guerra”.

Nacido el 6 de febrero de 1932, en la barriada habanera de Lawton, Camilo crece feliz junto a sus padres y sus dos hermanos. Después del octavo grado debe abandonar los estudios y sus sueños de escultor. Trabaja en los más humildes oficios para ayudar a la familia.

El golpe de estado de Fulgencio Batista, el 10 de marzo de 1952 lo obliga a emigrar a los Estados Unidos. Y el asalto al cuartel Moncada, el 26 de julio de 1953, impone su tránsito urgente de la adolescencia aventurera a la juventud comprometida.

El 7 de diciembre de 1955, mientras participa en una manifestación estudiantil, en homenaje a Antonio Maceo, en La Habana, el joven Cienfuegos es herido por la soldadesca en una pierna. Fichado por la policía, y acosado por ésta debe reemprender el camino del exilio.

Ya en México, con el único aval de la cicatriz en su pierna, y gracias a su poco peso corporal, logra convencer a Fidel Castro para que lo acepte en el grupo de 82 expedicionarios que surcará en el frágil Granma el mar embravecido de la historia.

Entre el mito y las hazañas

¿Cuando comienza a tejerse la leyenda del héroe, del bravo combatiente de arrojo y empuje infinitos; del jefe intachable, jaranero y exigente a la vez? Es difícil saberlo.

Nadie lo definió mejor que el Che Guevara: “No sé si Camilo conocía la máxima de Dantón sobre los movimientos revolucionarios, “audacia, audacia y más audacia”; de todas maneras, la practicó con su acción, dándole además, el condimento de las otras condiciones necesarias al guerrillero: el análisis preciso y rápido de la situación y la meditación anticipada sobre los problemas a resolver en el futuro.”

Es así, entre bromas y hazañas, entre las balas y el cariño que reparte a su paso, que va naciendo el mito del Señor de la Vanguardia. El 16 de abril de 1958 el jefe del Ejército Rebelde dicta la orden de ascenso de Camilo Cienfuegos a Comandante. “Gracias por darme la oportunidad de ser más útil a nuestra sufrida Patria. Más fácil me será dejar de respirar, que dejar de ser fiel a su confianza”, responde a Fidel en una misiva.

Camilo y Che forjan en la Sierra Maestra una amistad poco común. Nadie se atreve a bromear con el agrio argentino como lo hace el chispeante cubano, y el Che, lejos de enfadarse, se ríe y riposta a su manera lo que bautizó como las “camiladas”. Ambos comparten como hermanos, no solo los duros sacrificios y peligros de la guerra, sino la gloria reservada a los héroes.

Cada uno por su lado, y juntos a la vez, son los principales artífices de la invasión a occidente ordenada por Fidel, que empuja la huída del tirano y el triunfo del 1ro de enero de 1959.

La toma del poblado de Yaguajay, calle por calle, objetivo por objetivo, y bajo las bombas de la aviación enemiga, demuestra la completa madurez de Cienfuegos como jefe militar.

Del triunfo a la inmortalidad

Los primeros meses de 1959 pasan demasiado rápido, en medio de tareas fundacionales y organizativas. Camilo es nombrado Jefe del estado Mayor del Ejército Rebelde. Está al lado de Fidel lo mismo en un partido de pelota que en la toma de las principales decisiones, y cumple en su nombre múltiples tareas. Su estilo desenfadado es perfectamente conjugado con la responsabilidad ante el pueblo. Es el dirigente maduro y con los pies sobre la tierra, que predica siempre con el ejemplo, y deja ver sin reparo su sonrisa.

El 28 de octubre de 1959, luego de detener, por orden de Fidel, un complot contrarrevolucionario en la ciudad de Camagüey, desaparece el pequeño avión que trae al Héroe de Yaguajay de regreso a la capital. Su búsqueda durante más de quince días y por todos los medios disponibles resultó infructuosa.

Fue entonces, en medio del dolor, cuando se selló el mito y se multiplicó la leyenda. Camilo Cienfuegos quedó sembrado para siempre en las raíces de su pueblo. Ese que cada final de octubre acude a la orilla del mar y de los ríos, para regalar flores a su héroe más querido. A aquellos cien fuegos que nada ni nadie podrán jamás apagar.

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