Por: César Gómez Chacón.
Fotos: Tomadas de Cubadebate.
Esta madrugada del 3 de enero de 2026 quedará registrada como una de las páginas más ignominiosas de la historia reciente del mundo.
El Gobierno de los Estados Unidos ejecutó una agresión militar directa contra la República Bolivariana de Venezuela, atacando zonas del territorio nacional y poniendo en riesgo inmediato a la población civil. Se trata de un acto de guerra que rompe sin disimulo las normas básicas del Derecho Internacional y amenaza con arrastrar a la región a una escalada de consecuencias imprevisibles.
No hubo provocación previa, ni conflicto armado que lo justificara. No hubo declaración de guerra. Hubo, sí, una decisión unilateral de imponer la fuerza, desconociendo la soberanía de un Estado y burlando los principios fundacionales de la Organización de las Naciones Unidas. Cuando una potencia se arroga el derecho de bombardear a otra nación, el mensaje es claro: el orden internacional ha sido sustituido por la ley del más fuerte.
Lo ocurrido en Venezuela no es un hecho aislado. Responde a un patrón histórico bien conocido por los pueblos del Sur global. Antes fueron Irak, Afganistán y Libia; después Siria; ahora Venezuela. Cambian los pretextos, pero no el objetivo: controlar recursos estratégicos, disciplinar gobiernos soberanos y advertir a quienes se atrevan a desafiar el poder hegemónico.
Venezuela posee una de las mayores reservas energéticas del planeta y ha defendido, contra presiones y sanciones, el derecho soberano a administrarlas. Esa decisión, inadmisible para los centros de poder imperial, explica la saña de los ataques, el cerco económico prolongado y ahora el recurso extremo de la agresión militar. No es una guerra por la democracia; es una guerra por el petróleo. Un ataque contra toda la región.
El bombardeo contra Venezuela no solo viola su soberanía nacional, sino que socava la estabilidad de América Latina y el Caribe, declarados por la CELAC como Zona de Paz. Atacar a un país latinoamericano es enviar una señal de amenaza al conjunto de la región, es desconocer los esfuerzos de integración y es reactivar la doctrina intervencionista que tanto sufrimiento ha causado en nuestra historia común.
El precedente es peligroso. Si hoy se tolera la agresión contra Venezuela, mañana cualquier nación que decida proteger sus recursos o su modelo político podrá ser blanco de la misma violencia. Por eso, el silencio no es neutralidad: es complicidad.