Por: Gabriela Velázquez Sánchez
Sólo una melodía de tambores delata que en ese edificio la cubanía cobra vida. El teatro pasa desapercibido. El transeúnte curioso se acerca a la entrada. Los cantos, el repique en un suelo irregular y el sudor que emana de la pasión le atrapan. Siente que ahí habita una de las muchas máscaras de la historia de su país.
Isaías es más que un artista, calificarlo así encasillaría toda una vida dedicada a acercar el folklor a las comunidades. Su arte trasciende la teoría de la academia y las paredes que resguardan cada ensayo. Lo suyo es impregnarse de una esencia que brotó por primera vez en las barracas y que se refugia y muta en la gente.

«Tiene una visión más amplia de lo que es el folclore cubano. Esta compañía integra muchas de las manifestaciones del folclore, tanto de origen africano como popular. Él tiene un amplio repertorio de todo lo que es el componente músico-danzario folclórico cubano, que incluye los bailes de origen africano y las danzas campesinas», reconoce Deisy Villanueva Pérez, profesora y coreógrafa de la compañía.
Según explica el director de Ban Rarrá, la preparación de los jóvenes que integran el cuerpo incluye clases de ballet, técnica de la danza moderna, folclor y preparación física. «Nosotros, inclusive dentro del perfil estético de una compañía folclórica (destaca quien persigue cual quimera, la cubanía, más allá de arquetipos) hacemos fusión de todo tipo de espectáculos, no estamos encasillados en relación a la creación artística».
Ban Rarrá respira, muta
Como su arte, Isaías no es estático. El entusiasmo con que dirige la compañía Ban Rarrá no entiende de quietudes forzadas en el escenario, porque ellos son el público, y el público su fuente inagotable de talento. De ahí, del barrio, de esas mismas calles en las que se presenta Bar Rarrá, se nutre un cuerpo de baile que rezuma tradición.
Según su director, desde su surgimiento en 1994 el único obstáculo entre los bailarines y el escenario en Ban Rarrá es cuestión de esfuerzo. Isaías asegura que se trabaja duro, pero en cuanto aprenden el repertorio el telón se levanta. «Los ponemos a bailar para que se motiven, siempre se mantiene una vida activa y muy sana con relación a la proyección artística».
El también investigador asegura que: «los muchachos vienen con una formación académica bastante limpia referente a la técnica y los de las calles tienen la bomba, el corazón. Esa fusión cimenta Bar Rarra porque la danza es vida, es movimiento, es creación.»
Su grupo nace en las comunidades y se eleva danzando en los empedrados de todo el país. Para el primer bailarín de Ban Rarrá, el guantanamero Wil Anthony Felix White la rumba le fluye en la sangre, y considera que más que una elección es un instinto. “Viene de familia, siempre estuve interesado en el folclore, ya que mi papá y mi mamá fueron bailarines, así que comencé desde chiquito en la escuela”, aclara con el convencimiento de lo intrínseco, de lo innegable.

“Se hacen actividades comunitarias en los barrios de La Habana. Es un orgullo bailar en la comunidad y hacer reír a las personas en los momentos tan difíciles que vivimos”, y a la par de las palabras brota la emoción de un joven que baila por él y su público. “La danza significa vida, para mí lo es todo ahora mismo”.
Escuela, cátedra, hogar de quienes hacen del movimiento un arte, de quienes enseñan el camino. Esta compañía, subraya Deisy, me ha aportado mucho, de los bailarines me retroalimento de los bailes franco-haitianos que ellos tienen como cotidianos.
La experiencia es embriagante. Y la pregunta de cómo logran converger delicadeza y fuerza en los movimientos del cuerpo humano se vuelve inevitable. Tal vez en Ban Rarrá es más simple, una cuestión de sentir, de responder al estímulo de las vibraciones y la tradición.
«Tú comienzas a danzar desde que estás en el vientre de tu madre, te empiezas a mover y ya estás danzando. Desde que tú empiezas a mover un dedo, estás danzando. Cada parte del cuerpo se comunica a través de lo sensorial». Y cómo si la música le llamara, Isaías regresa a su gente, al repique en el suelo, a la historia hecha vida.