Por: César Gómez Chacón.
En medio de presiones externas exacerbadas, amenazas de guerra, campañas mediáticas y persistentes planes de asfixia económica, Cuba vuelve a demostrar que su cultura no es un lujo, sino una forma de resistencia y salvación.
Mayo de 2026 ha sido prueba viva de ello: mientras arrecian las hostilidades externas contra la isla rebelde, ésta responde con arte, pensamiento y creación.
A pesar de las dificultades económicas y las limitaciones materiales, teatros, plazas, galerías y centros culturales del país mantienen una programación intensa que mezcla tradición, modernidad, ingenio y una fuerte participación popular.
Las Romerías de Mayo en Holguín, los homenajes al son cubano y la intensa actividad editorial y cinematográfica confirman una verdad sencilla pero profunda: la cultura en Cuba, lejos de replegarse, se expande. No es casual que tantos eventos hayan estado atravesados este año por la memoria histórica y el pensamiento martiano y fidelista; como sustancias vivas que nutren la creación contemporánea.
Uno de los acontecimientos más esperados este mes es la edición 29 de Cubadisco 2026, prevista del 16 al 24 de mayo en varias sedes de La Habana. El evento reúne a músicos, productores, investigadores nacionales e internacionales y públicos de distintas generaciones en conciertos, premiaciones, paneles y presentaciones discográficas dedicadas especialmente al son cubano y a las raíces de la música nacional.

La poesía también ocupa un lugar importante dentro de la agenda cultural con el Festival Internacional de Poesía de La Habana, encuentro que reúne escritores cubanos y extranjeros en lecturas, homenajes y debates literarios en diferentes instituciones culturales de la capital.
En las provincias continúan además las tradicionales jornadas artísticas comunitarias, exposiciones de artes visuales, peñas musicales y espectáculos danzarios que convierten plazas y casas de cultura en puntos permanentes de encuentro. Cuando no hay electricidad para conectar luces y aires acondicionados en las salas, lo mejor del arte sale a la calle, desanda las más lejanas comunidades del país.

En La Habana y en las principales urbes del archipiélago, a pesar de los fallos durante largas horas del fluido eléctrico, se trata de mantener la vida nocturna. Iniciativas como la Peña Cimarrona de trovadores y poetas permiten compartir, a la luz de bellos farolitos de batería, las noches de los jueves en el Palenque, sede del Conjunto Folclórico Nacional.

Ciudades como Santiago de Cuba, Holguín y Cienfuegos desarrollan festivales y espacios dedicados al teatro, la trova y la enseñanza artística, muchas veces en espacios abiertos, más frescos y sin necesidad de gran gasto energético.
Cuba baila
Pero hay otra dimensión, más cotidiana y a la vez más poderosa, que también define esta resistencia cultural: la alegría compartida. Cuba también baila, y lo hace con lo mejor de su música. Basta acercarse a Jardines del 1830, ese espacio emblemático que muchos consideran la meca del casino, para entenderlo. Allí, en su famosa rueda, cubanos y visitantes de múltiples países se mezclan sin distinción, unidos por el ritmo y la complicidad del baile.

En ese círculo que gira al compás de la música popular, se rompen barreras invisibles. Personas que han desafiado prohibiciones, prejuicios o limitaciones para viajar a la Isla encuentran en el baile un lenguaje común. No hay política que logre impedir ese encuentro humano, directo, profundamente libre.
Mientras algunos intentan aislar a Cuba, su cultura insiste en conectar. Mientras se habla de sanciones y amenazas, en los escenarios, galerías y centros culturales a lo largo y ancho del país se construyen puentes de alegría y amor. Esa es, quizás, la mayor fortaleza de la nación: su capacidad de convertir la adversidad en creación, y la creación en esperanza compartida.
Porque, al final, lo que salva a Cuba no es solo resistir, sino seguir siendo ese país alegre y bailador, pensante y creador. Y en ese empeño, la cultura cubana continúa marcando el paso.
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