Por Reno Massola
Cada segundo sábado de mayo, el planeta conmemora el Día Internacional de las Aves Migratorias. Este día, promovido por acuerdos internacionales, busca visibilizar los peligros que enfrentan estas especies pérdida de hábitat, caza furtiva, cambio climático y contaminación lumínica y destacar la necesidad de una cooperación global sin fronteras. Protegerlas no es un acto de poesía ecológica; es una urgencia biológica, pues conectan ecosistemas, controlan plagas y son indicadoras de la salud ambiental.
En este escenario global, el archipiélago cubano emerge como un protagonista silencioso pero vital. Para entender cómo se comportan las aves migratorias en Cuba, hay que mirar el mapa: somos un puente geológico entre Norteamérica y el Caribe. Cada otoño, aproximadamente 300 especies de aves (cerca de 100 de ellas migratorias neárticas) modifican su conducta para sobrevivir. ¿Su comportamiento? Una mezcla de precisión militar y estrategia de guerrilla ecológica.

Las costas, pantanos y bosques cubanos se convierten en «hoteles de paso» y «restaurantes» estacionales. Especies como el majestuoso halón peregrino (Falco peregrinus) utiliza los acantilados del norte como atalaya para cazar. Mientras tanto, pequeños colibríes como el zunzuncito (endémico) no migran, pero sí reciben a su pariente, la garganta rubí (Archilochus colubris), que llega desde Norteamérica agotada y cambia su dieta: pasa de néctar de flores a buscar más arañas e insectos para reponer proteínas en horas críticas.
El fenómeno más asombroso ocurre en la Península de Zapata y el Refugio de Fauna Delta del Cauto. Allí, aunque reportados como poco habituales, playeros como el correlimos gordo (Calidris canutus) realizan una escala en una de las migraciones más largas del planeta (desde el Ártico hasta Tierra del Fuego).

El archipiélago no solo es tránsito; muchas aves deciden quedarse en invernación. La reinita cerúlea (Setophaga cerulea), amenazada globalmente, modifica su comportamiento territorial: mientras en verano defiende encarnizadamente su espacio en los Apalaches, en Cuba se vuelve gregaria, mezclándose con otras especies en bandadas mixtas para explorar cafetales bajo sombra y bosques semideciduos.

Sin embargo, este ritual milenario enfrenta nuevas trampas como la sequía, que agravada por el cambio climático, reduce los humedales; las aves entonces se ven forzadas a un comportamiento de riesgo: alimentarse en arrozales contaminados con pesticidas o cerca de gatos domésticos.
En el Día Internacional de las Aves Migratorias, el llamado es a entender que el comportamiento de estas criaturas en Cuba es un espejo de nuestra propia supervivencia. Si un correlimos deja de llegar a la Ciénaga de Zapata, no es solo la pérdida de un pájaro: es la señal de que la cadena de la vida, que conecta el Ártico con la Patagonia, se ha roto en un eslabón caribeño. Proteger sus rutas no es un gesto local, es un pacto continental. Y Cuba, con sus humedales, manglares y costas, tiene la palabra.
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