Por César Gómez Chacón
Cuba ha vuelto a decirlo con claridad meridiana y sin ambigüedades: está dispuesta a dialogar y cooperar con los Estados Unidos, sobre la base del respeto mutuo, la igualdad soberana y el derecho internacional.
No se trata de una declaración coyuntural ni de un gesto táctico, sino de una posición coherente, sostenida durante años por la política exterior de la Revolución Cubana y reiterada ahora por las autoridades cubanas al máximo nivel, con argumentos sólidos y propuestas concretas.
La reciente nota del Ministerio de Relaciones Exteriores no deja espacio a tergiversaciones. Cuba condena de manera inequívoca el terrorismo en todas sus formas y manifestaciones, niega categóricamente cualquier vínculo con organizaciones terroristas y reafirma su voluntad de cooperar con Estados Unidos y con otras naciones para fortalecer la seguridad regional e internacional. No desde la subordinación, no desde la imposición, sino desde una relación civilizada entre estados soberanos.
El archipiélago propone reactivar y ampliar la cooperación bilateral en áreas sensibles y de interés compartido: lucha contra el terrorismo, combate al narcotráfico y al lavado de dinero, prevención de la trata de personas, ciberseguridad y enfrentamiento a los delitos financieros.
Son campos donde Cuba ha demostrado seriedad, profesionalidad y resultados, reconocidos incluso por agencias estadounidenses en etapas anteriores de cooperación. Negarse a ello no responde a razones de seguridad, sino a cálculos políticos y a una narrativa hostil que ha demostrado su fracaso.
Cuba tampoco alberga bases militares extranjeras, ni permite que su territorio se utilice contra otro país. No es, ni ha sido jamás, una amenaza para la seguridad de Estados Unidos ni para la de ningún otro Estado.
Muy por el contrario, el prestigio internacional de la política exterior cubana —forjado en la defensa del multilateralismo, la solidaridad, el antimperialismo y el derecho de los pueblos a decidir su destino— es ampliamente reconocido en foros internacionales y por la inmensa mayoría de la comunidad internacional.
Este prestigio, ganado con coherencia y dignidad, ha resultado históricamente intolerable para una política imperial que se resiste a aceptar la convivencia respetuosa con un proyecto soberano a apenas 90 millas de sus costas. De ahí el bloqueo económico, comercial y financiero, sostenido durante más de seis décadas; de ahí las campañas de descrédito, las listas arbitrarias y las operaciones de desestabilización interna. Nada de eso ha doblegado a Cuba, ni lo hará.
Pero la Isla rebelde no confunde firmeza con cerrazón. Al contrario: reafirma que el pueblo cubano y el pueblo estadounidense se beneficiarían del compromiso constructivo, la cooperación conforme a la ley y la coexistencia pacífica.
Ambos pueblos vecinos, con profundos vínculos históricos, culturales y familiares, no están condenados a la hostilidad perpetua. Lo que ha faltado, del lado de Washington, es voluntad política para desmontar el entramado de leyes y órdenes ejecutivas que sostienen el bloqueo y normalizar una relación que debería ser natural.
En este contexto, adquiere especial relevancia el reciente llamado del Papa Leon XIV al diálogo «sincero y eficaz» entre Cuba y Estados Unidos. No es una voz cualquiera. Es una apelación ética, moral y profundamente política en el mejor sentido del término: el de la paz, la justicia y el entendimiento entre naciones.
El mensaje del Pontífice conecta con el sentir mayoritario de la comunidad internacional, que año tras año condena el bloqueo en la Asamblea General de las Naciones Unidas y reclama una relación basada en el respeto y la cooperación.
La ecuación es clara y posible. Cuba ha puesto sobre la mesa una disposición honesta a negociar “pelo a pelo”, sin renunciar a su soberanía ni a sus principios. Si el gobierno de Estados Unidos desmontara el bloqueo y cesara sus políticas de agresión y desestabilización, se abriría un escenario completamente distinto, beneficioso para ambas partes y respaldado ampliamente por el mundo. No sería una concesión, sino un acto de racionalidad política y de respeto al derecho internacional.
Dialogar no es rendirse. Dialogar es reconocer al otro como igual. Cuba está lista. Lo ha dicho con serenidad, con firmeza y con propuestas concretas. La pregunta, una vez más, no está en La Habana, sino en Washington.
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