Por César Gómez Chacón
Y uno cree que de veras alguna vez podamos vivir en paz en las mismas narices de los Estados Unidos. La historia demuestra que solo con nuestra decisión de enfrentar resueltamente amenazas y agresiones podremos detener las apetencias del mayor imperio de la historia, ahora envalentonado por la locura de quien de veras se cree dueño del planeta.
A Cuba no la sorprenden las amenazas. No la paralizan los ultimátums ni la doblegan los chantajes. Desde los primeros alzamientos mambises hasta la doctrina de la Guerra de Todo el Pueblo, la historia nacional demuestra que este país no improvisa cuando se trata de defender su soberanía. La resistencia se asienta en la experiencia acumulada.
Las advertencias recientes provenientes de Washington, envueltas en un discurso de fuerza bruta, sanciones y asfixia económica, han sido respondidas con serenidad firme por la dirigencia cubana, personalmente por el presidente Miguel Díaz-Canel Bermúdez. Cuba no negocia bajo amenaza. No es retórica. Es ley, cultura política y memoria histórica.

Mucho antes de 1959, los cubanos aprendieron que la independencia no se mendiga. Los mambises lo supieron en la manigua y lo proclamaron cuando Antonio Maceo, el Titán de Bronce, rechazó la humillación del Pacto del Zanjón en la Protesta de Baraguá. Aquello no fue romanticismo, sino una definición estratégica: sin independencia no hay paz ni pacto posible.
Esa lógica animó, décadas después, al Ejército Rebelde en la Sierra Maestra. Con recursos mínimos, a golpe de coraje y apoyo popular, los barbudos de Fidel derrotaron al poderoso ejército de Batista sostenido por Estados Unidos. No fue solo una victoria militar, sino una lección política: cuando un pueblo tiene causa, liderazgo y conciencia, la superioridad material del enemigo deja de ser decisiva.
Tras el triunfo revolucionario, la prueba fue inmediata. Playa Girón confirmó que la Revolución no solo sabía defenderse, sino vencer. En apenas 72 horas, una invasión organizada y financiada por la CIA y el Pentágono fue aplastada por la resistencia popular y el liderazgo que los mismos comandantes que lograron la victoria de enero de 1959.
“¡Patria o Muerte!, ¡Venceremos!” nació como convicción y se convirtió en escudo inexpugnable.
Poco después, durante la Crisis de Octubre, Cuba resistió el momento más peligroso de la Guerra Fría sin renunciar a su soberanía ni aceptar imposiciones. Los cañones y las cuatro bocas colocados a lo largo de las costas cubanas eran también una decisión que devinieron símbolo de estoicismo en los momento de mayor peligro.
La experiencia no quedó solo en los reportes de la prensa y los libros de historia. Se convirtió en doctrina, organización y preparación permanente. La defensa nacional se apoya en un principio claro: todo el país es territorio de resistencia. No se trata solo de fuerzas armadas, sino de un pueblo entrenado, consciente y comprometido, con la orden de combatir dada siempre.
Las gestas internacionalistas en África lo confirmaron. En Angola, Cuba enfrentó al ejército del apartheid sudafricano (poseedor de la bomba atómica) y contribuyó decisivamente a su derrota. Aquellas y otras victorias, como en Etiopía, consolidaron una experiencia combativa real frente a ejércitos modernos y bien armados.
Por eso, cuando hoy se intenta intimidar a Cuba con medidas de asfixia económica, amenazas y bravuconería, se ignora una verdad incómoda: este pueblo ha enfrentado cosas peores y ha salido siempre victorioso y fortalecido. Que las actuales dificultades internas no se confundan nunca con debilidad política.

No es casual que la Constitución cubana consagre la defensa de la independencia como deber supremo. Es la síntesis jurídica de siglos de combate. La resistencia no es un acto desesperado, sino una elección consciente.
Quien crea que este archipiélago rebelde puede ser doblegado repite un error viejo. Lo cometieron los colonialistas, lo cometió el imperialismo en Girón y durante todos estos años de agresiones. Lo cometen nuevamente hoy quienes confunden paciencia con miedo. Cuba no busca la confrontación, pero tampoco la rehúye. Porque aquí se aprendió —nos lo recuerda diariamente Fidel— que hay una cosa que no nos gusta, ni nos gustará jamás: que nos amenacen.
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