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Vilma Espín y su huella imborrable en la historia de Cuba

Cada 7 de abril, Cuba recuerda a Vilma Espín Guillois. Esta fecha la habría visto cumplir 96 años, pero su legado trasciende cualquier aniversario.

Nació en Santiago de Cuba en 1930, en el seno de una familia de clase media acomodada. Sus padres, José Espín y Margarita Guillois, le inculcaron valores éticos sólidos que marcaron su carácter. Muy joven, aquella muchacha delicada y hermosa cambió la trenza y el candor por la lucha en las calles de la oriental urbe. Participó en marchas contra la corrupción, reclamó justicia y realizó acciones solidarias con otros pueblos.

Graduada de Bachiller en Ciencias en 1948, Vilma matriculó Ingeniería Química en la recién creada Universidad de Oriente. Allí recibió influencias de profesores exiliados españoles y se destacó en actividades culturales y deportivas. Soñaba con bailar ballet clásico e incluso actuó con la compañía de Alicia Alonso. El golpe de Estado de Fulgencio Batista en 1952 profundizó sus ideales patrióticos. Se vinculó al Movimiento Nacional Revolucionario y a las actividades conspirativas de Frank País García, otro héroe entrañable de su tierra.

Tras los asaltos a los cuarteles de Santiago de Cuba y Bayamo el 26 de julio de 1953, Vilma no dudó. Su casa sirvió de refugio a un combatiente y prestó socorro a otros jóvenes dispersos. Desafiaba los peligros de ser asesinada por los sicarios del tirano, transportaba revolucionarios en su auto, escondía armas y medicamentos bajo sus faldas, conocidas entonces como «engañadoras». El asesinato de Frank País en 1957 incrementó los riesgos para su vida. Aun así, adquirió una pericia admirable: saltaba muros y transitaba por tejados con agilidad insospechada.

En 1958, Vilma ascendió a la dirección de la lucha como coordinadora provincial del Movimiento 26 de Julio. Participó en el alzamiento armado del 30 de noviembre de 1956. Luego, bajo las órdenes de Raúl Castro, se incorporó como combatiente al II Frente Oriental Frank País. Cumplió misiones militares y participó en el proyecto educacional que alfabetizaba a soldados y campesinos en medio de los combates. Sus conocimientos del idioma inglés la llevaron a fungir como intérprete del comandante guerrillero con el cónsul norteamericano durante la Operación Antiaérea.

Después del triunfo de la Revolución, Vilma encontró tiempo para ejercer su profesión de ingeniera. Formó una familia con el amor de su vida, a quien conoció en el fragor de la lucha guerrillera. Pero su gran obra estaba por llegar. En 1960, aún muy joven, aceptó de manos de Fidel Castro las riendas de la naciente Federación de Mujeres Cubanas (FMC). Desde el 23 de agosto de ese año y hasta su muerte, ocurrida el 18 de junio de 2007, trabajó con denuedo y abnegación para realizar la revolución dentro de la Revolución. Por ello, hoy es Presidenta de Honor de una organización que nació de su obrar como una criatura.

Miembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y de su Buró Político por muchos años, Vilma fue diputada a la Asamblea Nacional del Poder Popular y consejera de Estado. Presidió la Comisión Nacional de Prevención y Atención Social, así como la Comisión de la Niñez, la Juventud y la Igualdad de Derechos de la Mujer. Recibió distinciones como Heroína de la República de Cuba, la Orden Playa Girón y el Premio Lenin de la Paz. Los obstáculos y peligros siempre fueron retos a vencer para ella. Sin embargo, los años duros de la brega no le hicieron perder su serenidad y dulzura. Solo un detalle: era batalladora la ternura de esta inolvidable cubana.

Entre sus múltiples iniciativas, Vilma impulsó también la incorporación de la mujer al deporte, incluido el béisbol femenino, como parte de su visión integral de la igualdad. Luchadora clandestina, guerrillera, madre de cuatro hijos, mujer de gran sensibilidad humana. Vilma es y será siempre paradigma señero de la mujer cubana. Por eso ocupa un lugar privilegiado en la memoria histórica de la nación.

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