Por César Gómez Chacón
El puerto de La Habana vuelve a convertirse en símbolo. El paso del convoy «Nuestra América» frente al faro del Morro es una imagen poderosa: embarcaciones que se funden con el Malecón, banderas que ondean y hablan en nombre de millones de personas en todo el mundo.
Desembarcan amigos, 350 expedicionarios del continente y de otros confines del planeta. Y con ellos una idea, la de la unidad mundial frente a la injusticia.
En tiempos donde se intenta aislar, asfixiar y rendir a un país por el simple hecho de haber decidido su propio camino, cada proa de este convoy es un acto de desafío, cada abrazo es una respuesta, y cada paso en tierra cubana es una afirmación de dignidad, organización, compromiso y la voluntad clara de convertir la solidaridad en acción concreta.

Llegan a tender su mano solidaria quienes han participado en misiones humanitarias en escenarios de guerra, quienes han enfrentado bombardeos, encarcelamientos y persecuciones intentando abrir corredores de ayuda en otras latitudes.
Thiago Ávila, activista humanitario y climático brasileño, organizador de la Flotilla de la libertad a Gaza en junio del año pasado, expresó: «La alegría también se mezcla con el sentimiento de todos nosotros que tantas veces intentamos llegar a las costas de Gaza con ayuda humanitaria y hemos sido atacados, interceptados, encarcelados por Israel».
Desde la memoria
Como él, otros expedicionarios han remarcado que la relación con Cuba no se construye desde la caridad, sino desde la memoria. Una memoria que recuerda a las brigadas médicas cubanas en África enfrentando el Ébola, a los médicos que llegaron a Italia en plena pandemia, al apoyo en Haití tras el terremoto, o a los miles de niños afectados por Chernóbil que encontraron atención en la Isla.
Esa memoria también incluye las luchas de liberación en África, donde decenas de miles de cubanos contribuyeron a derrotar el apartheid y a abrir el camino de la independencia en países como Angola. Detrás del desembarco hay una historia concreta.

Durante décadas, Cuba ha extendido su mano sin preguntar ideologías, sin calcular beneficios, sin esperar aplausos. Ha estado donde otros no llegaron, ha curado donde otros abandonaron, ha resistido donde muchos habrían desistido.
Lo ocurrido ahora en La Habana es, en palabras claras de sus organizadores, un acto de retribución histórica.
El mensaje a voces es algo más profundo: el mundo tiene una deuda con Cuba. Y hay pueblos, millones de hombres y mujeres dispuestos a empezar a saldarla. Se trata defender a Cuba ante amenazas y agresiones, ante el bloqueo-genocidio más largo de la historia, de defender la idea de que es posible construir soberanía, dignidad y justicia en medio de la presión más brutal.
La respuesta es la unidad
En medio del sistema hegemónico mundial que oprime, explota y destruye, la experiencia cubana sigue siendo incómoda. Por eso se le castiga. Por eso se le intenta asfixiar.
Pero ni sanciones, ni campañas mediáticas, ni presiones diplomáticas han logrado aislar completamente a Cuba. Y no lo lograrán mientras existan hombres y mujeres dispuestos a cruzar mares, organizarse, unirse y decir, con hechos, que la Isla no está sola.

Este convoy es apenas un primer paso. Así lo afirman quienes han llegado. Lo que viene en lo adelante es más articulación, más apoyo, más presencia activa.
Ese es el mensaje que llegó con las embarcaciones a La Habana. La solidaridad no se bloquea, no se sanciona y no se doblega. La dignidad no se rinde.
Cuando los pueblos deciden actuar, ningún imperio es suficientemente fuerte para detenerlos.
Hoy La Habana fue puerto, fue puente y fue trinchera. Y desde allí se vuelve a decir, alto y claro, que Cuba, pese a todos los intentos por aislarla, sigue acompañada por los pueblos agradecidos del mundo.
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