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«La Revolución no nació siendo enemiga de nadie»: el largo camino hacia una nueva conversación

Desde el encuentro entre Fidel Castro y Richard Nixon en 1959 hasta el reciente anuncio del presidente Miguel Díaz-Canel en 2026, Cuba nunca ha cerrado la puerta al diálogo con Estados Unidos. A través de un recorrido histórico, el Embajador José Ramón Cabañas desmonta la idea de que sentarse a conversar sea una concesión.

Por Valia Marquínez Sam

Un nuevo capítulo que viene de lejos

No es un acontecimiento aislado ni una concesión del momento. Cuando el presidente Miguel Díaz-Canel Bermúdez anunció, el 13 de marzo de 2026, un nuevo capítulo de diálogo con Estados Unidos, simplemente actualizó una constante de la política exterior cubana que lleva 67 años intacta: la voluntad de conversar sin renunciar a los principios. Hoy, que se abre una nueva etapa, el director del Centro de Investigaciones de Política Internacional (CIPI), Embajador José Ramón Cabañas, pone en contexto una historia que muchas veces ha sido contada.

“La Revolución no nació siendo enemiga de nadie”, sentencia Cabañas al recordar los primeros meses de 1959. Apenas tres meses después del triunfo, Fidel Castro viajó a Washington. No fue a pedir nada, algo que descolocó a la administración de Eisenhower. El entonces vicepresidente Richard Nixon recibió al líder cubano y luego anotó en su reporte que se trataba de un “líder distinto”. Las imágenes de Fidel caminando por la Avenida 16, donde aún hoy se levanta la embajada cubana, y su discurso en el Club Nacional de Prensa son hoy patrimonio de la memoria diplomática.

El propósito inicial, argumenta el Embajador, era explicar los propósitos de la Revolución y establecer una relación de buena vecindad. Cuba incluso aprobó leyes de nacionalización con la disposición de compensar a las empresas estadounidenses a través de la cuota azucarera. Pero Washington respondió suspendiendo esa cuota y truncó cualquier posibilidad de arreglo. Desde entonces, la CIA y otras agencias federales habían puesto en marcha planes para limitar el alcance de la Revolución.

La ruptura de relaciones llegó en enero de 1961. Luego vino la invasión por Playa Girón y, más tarde, la llamada Crisis de Octubre. Sin embargo, el Embajador Cabañas subraya que incluso en los momentos de máxima tensión, el intercambio de mensajes entre ambas partes fue intenso. Tras el asesinato de Kennedy sobrevino un impasse, pero la comunicación nunca desapareció del todo.

“No es cierto que hayan existido largos silencios. El canal siempre ha estado ahí”, afirma el diplomático.

El verdadero punto de giro, según el análisis de Cabañas, se gestó a finales de los años 70. Henry Kissinger, asesor de seguridad nacional de Nixon y luego de Ford, comprendió que la política de aislamiento no tenía sentido. Ese entendimiento llevó a los acuerdos de 1977, que permitieron la apertura de las Sección de Intereses en Washington y La Habana. Funcionaban, en teoría, subordinadas a otras embajadas, pero en la práctica operaban como instituciones diplomáticas independientes.

¿Por qué no prosperó aquel acercamiento? Con Reagan llegó la doctrina de “ir a la fuente”, que identificaba a Cuba como el origen de todos los procesos revolucionarios en Centroamérica. La radicalización fue tal que sepultó cualquier avance.

Sin embargo, el propio Reagan, paradójicamente, firmó los primeros acuerdos migratorios con Cuba en 1984. “La necesidad pragmática siempre termina por abrirse paso”, comenta Cabañas, aunque aclara que aquellos diálogos fueron limitados y no modificaron el fondo del conflicto.

Los años 90

La desaparición del campo socialista y el recrudecimiento del bloqueo con la Ley Torricelli (1992) crearon un escenario de máxima presión. Muchos políticos en Washington dieron por terminada la Revolución cubana. Pero incluso allí, sentencia el Embajador, Cuba mantuvo la mano tendida en temas concretos.

El flujo migratorio de los 90, impulsado por la Ley de Ajuste Cubano que otorga un estatus privilegiado a los migrantes de la Isla, obligó a negociar. Así nacieron los acuerdos migratorios de 1994 y 1995. Cabañas recuerda que, dentro del propio gobierno estadounidense, muchos comprendían la relación directa entre la presión económica y la emigración irregular. Pero la influencia de la Fundación Nacional Cubanoamericana y los sectores más radicalizados impidió que esos acuerdos fueran el inicio de algo mayor.

“Mucha gente en Estados Unidos sabía que el bloqueo generaba migración. Pero la agenda política interna pudo más”

“El deshielo”: lecciones para la diplomacia cubana

El verdadero parteaguas, coinciden los analistas, llegó durante la presidencia de Raúl Castro. Las conversaciones secretas que desembocaron en el anuncio de diciembre de 2014 no fueron un acto de voluntarismo, sino la consecuencia lógica de procesos históricos y de una correlación de fuerzas que, por primera vez en décadas, permitió hablar frente a frente.

El Embajador Cabañas revela que el punto de partida no fue grandilocuente. Se trataba de resolver el caso de los cinco héroes cubanos (tres de los cuales aún permanecían en prisiones estadounidenses) y el retorno de un ciudadano estadounidense detenido en Cuba. Pero en cuanto las delegaciones se sentaron, ocurrió algo inesperado.

“Un día, los estadounidenses dijeron algo muy claro: comprendían que con Cuba no se negocia desde posiciones de fuerza, que debía haber reciprocidad y que no se podía pedir a la parte cubana algo que ellos no estuvieran dispuestos a conceder”, revela Cabañas.

A partir de ese momento, en apenas 24 meses se firmaron 22 memorándums de entendimiento en áreas tan diversas como aplicación de la ley, medio ambiente, pesca, manejo de crisis climática y cooperación contra huracanes. El Embajador enfatiza un dato que suele tergiversarse: esos acuerdos no fueron unilaterales ni beneficiaron solo a Cuba. Cada uno de ellos establecía claramente los intereses estadounidenses.

“Quien dice que esos acuerdos solo beneficiaron a Cuba, no los ha leído”, sentencia con firmeza.

El mayor intercambio humano entre ambos países no ocurrió durante el gobierno de Obama, sino durante el primer mandato de Donald Trump. Y el acuerdo migratorio firmado en enero de 2017, en los últimos días de la administración Obama, logró que en 2018 la emigración ilegal cubana hacia Estados Unidos se redujera a cero técnicamente. Es decir, un resultado práctico que benefició incluso a la agenda trumpista de control migratorio.

La parálisis de Biden y el nuevo anuncio de 2026

Durante la administración de Joe Biden, pese a las expectativas iniciales, no se registraron acercamientos sustanciales. El Embajador Cabañas explica que muchos asesores de Biden, conocidos de la era Obama, cambiaron su visión. Tras los efectos de la pandemia y los sucesos del 11 de julio, primó en Washington la idea de esperar que la situación económica interna en Cuba generara un desgaste político.

“Fueron cuatro años donde lamentablemente hubo muchos funcionarios pusilánimes en materia de relaciones bilaterales”, afirma sin ambages.

Frente a ese escenario, el anuncio de Díaz-Canel el 13 de marzo de 2026 no solo abre un nuevo capítulo, sino que reafirma una postura histórica. El Embajador Cabañas es claro al enumerar los principios irrenunciables de Cuba en esta nueva fase: la soberanía no se discute, no se negocia bajo presión, y la disposición al diálogo no es un acto de debilidad sino de coherencia revolucionaria.

“Quien abandonó la mesa no fue Cuba”, recuerda Cabañas. Aunque las relaciones diplomáticas están rotas en los hechos, técnicamente existen embajadas abiertas en cada capital. El canal del diálogo, insiste, siempre ha estado ahí.

El Embajador cierra su intervención con una lección de historia que pocos recuerdan: Cuba y Estados Unidos lograron sentarse en la misma mesa durante las negociaciones de paz para Angola, un proceso complejísimo que implicó dialogar con el régimen del apartheid sudafricano, un enemigo sin vínculos culturales ni históricos con la Isla.

“Siempre que haya respeto y disposición a la reciprocidad, Cuba ha estado dispuesta y lista para conversar. No estamos por la violencia ni por medidas extremas. Esa ha sido siempre la postura de nuestra Cancillería y de nuestra Presidencia”, concluye.

Epílogo: ¿debilitad o principio?

A quienes piensan que sentarse a conversar con el gobierno de Estados Unidos pudiera significar un signo de debilidad, el Embajador José Ramón Cabañas les responde con la memoria histórica.

“Es muy consistente con lo que ha sido la diplomacia revolucionaria de todos estos años. No es un signo de debilidad, es un principio.”

La historia de los diálogos entre Cuba y Estados Unidos no es la historia de un país que cede, sino la de un país que, incluso en sus horas más difíciles, ha preferido la mesa de negociación al aislamiento. Desde aquel Fidel en Washington en 1959 hasta el anuncio de Díaz-Canel en 2026, la postura de La Habana ha sido una sola: diálogo sí, pero sin renunciar a la soberanía, sin aceptar presiones y con la certeza de que la reciprocidad es la única base posible para una relación de vecinos obligados por la geografía.

Vea la entrevista en nuestro YouTube

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