Por César Gómez Chacón
El planeta está en guerra. Muy serios especialistas en política exterior hablan ya del inicio o continuidad de la tercera conflagración mundial, con el peligro inminente del uso de las armas nucleares. Hay dedos jugando muy cerca del botón rojo. Irán, por cierto, jamás construyó una bomba atómica como hizo creer al mundo, sin aportar una sola prueba, la propaganda imperial. La guerra es por el petróleo en la región. Ya eso nadie lo duda.
Las acciones militares de Estados Unidos e Israel contra Irán —que comenzaron el pasado 1ro de marzo con el asesinato del Líder Supremo, el Gran Ayatolá Seyed Ali Jameneí— constituyen uno de los episodios más graves de la escalada bélica que hoy amenaza la estabilidad del Medio Oriente y, con ella, la paz mundial.
Ante un hecho de tal magnitud, Cuba ha dejado clara y sin ambigüedades su posición: la condena firme a una agresión que viola de manera flagrante el Derecho Internacional y la Carta de las Naciones Unidas.
El presidente cubano, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, calificó desde los primeros momentos el ataque como un “execrable acto”, una acción que quebranta la soberanía y la integridad territorial de Irán y que arruina nuevamente los esfuerzos diplomáticos para resolver la cuestión nuclear por la vía del diálogo, “un precedente peligroso”, calificó el mandatario este nuevo intento por imponer la fuerza por encima del derecho y de legitimar el asesinato político como instrumento de política internacional.
Por su parte, el canciller Bruno Rodríguez Parrilla ha advertido que se trata de una clara transgresión del orden jurídico internacional y ha llamado a la comunidad internacional a movilizarse para detener de inmediato esta artera agresión.
La posición cubana responde a una línea histórica de defensa del multilateralismo, del respeto a la soberanía de los pueblos y de la solución pacífica de los conflictos. Durante décadas, la política exterior de la isla ha denunciado el uso de la fuerza y las guerras de dominación como herramientas del hegemonismo imperial. Cuba vuelve a levantar su voz en los foros internacionales en defensa de los principios que deberían regir la convivencia entre las naciones.
Hoy es noticia la comunicación directa sostenida hace pocas horas entre los cancilleres La Habana y Teherán sobre las consecuencias de la actual agresión yanqui-sionista.

Por otra parte, la postura cubana no se limita a la denuncia política. El gobierno ha activado además un seguimiento consular permanente para proteger a sus ciudadanos en once países del Medio Oriente, en una muestra de responsabilidad y de compromiso con su pueblo en medio de una situación extremadamente tensa.
Parecería paradoja. Pero a estas alturas, cuando la guerra avanza hacia su décimo día, y el precio del petróleo ya superó los 100 dólares el barril. Cuba –que ha sido impedida de recibir combustible desde el exterior, como parte del último capítulo de la política de asfixia total lanzada por régimen del orate y criminal Donald Trump– ha ido preparándose para las peores variantes. La energía alternativa, los paneles fotovoltaicos por toda la geografía nacional, el uso de transporte eléctrico y una política encaminada al ahorro energético, van dando buenos resultados. No hay colapso de la vida en la isla, como afirma una y otra vez la propaganda imperial.
En un mundo marcado como nunca antes por las tensiones geopolíticas y las tentaciones de imponer la ley del más fuerte, la posición de Cuba, de apoyo al pueblo y al gobierno iraní, como a la causa palestina y de otras naciones de Oriente Medio, es inquebrantable: la paz no puede construirse sobre la violencia ni sobre la impunidad. Defender el derecho internacional, la soberanía de los pueblos y la diplomacia como camino para resolver los conflictos es mucho más que una postura política. Es hoy una necesidad urgente evitar que la humanidad se precipite hacia una espiral de confrontación de consecuencias imprevisibles.
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