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El turismo cubano avanza entre oportunidades… y obstáculos

Por: Annette Rodríguez.

El turismo cubano avanza entre oportunidades y obstáculos. Uno de los más determinantes es el bloqueo de los Estados Unidos, cuya incidencia se palpa en la conectividad, las inversiones y el desarrollo de la industria.

Cuando Cuba hace balance de sus desafíos y esperanzas, el turismo —ese pulmón que oxigena a la economía y es vitrina luminosa de nuestra identidad— vuelve a situarse en el centro del análisis nacional. Y hoy, más que nunca, resulta imposible hablar de su desarrollo sin mencionar la sombra larga y persistente del bloqueo económico de los Estados Unidos, una política que, como una marea adversa, intenta frenar el avance natural de un país que apuesta por abrirse al mundo.

Desde hace décadas, las prohibiciones de viaje para los ciudadanos estadounidenses han cercenado un mercado que, por proximidad geográfica y afinidad cultural, sería uno de los más naturales y florecientes para este archipiélago.

En lugar de promover el intercambio humano y el acercamiento entre pueblos, Washington mantiene un entramado de regulaciones que impide que millones de norteamericanos puedan descubrir la riqueza patrimonial, la hospitalidad innata y las maravillas naturales de la nación antillana.

A ello se suman decisiones que han golpeado duramente el flujo turístico: la cancelación de vuelos, la restricción de aerolíneas, y la abrupta eliminación de los cruceros estadounidenses, cuya presencia en los puertos cubanos había revitalizado circuitos urbanos y economías locales. Cada una de estas medidas ha sido como cerrar de un portazo oportunidades que estaban llamadas a crecer.

Pero el impacto no se queda en fronteras ni en cifras de visitantes. El bloqueo, con su andamiaje de sanciones financieras, dificulta cada transacción que Cuba intenta realizar en el mercado internacional. Bancos que rehúyen acuerdos por temor a represalias; cadenas hoteleras que desisten ante posibles demandas bajo la Ley Helms-Burton; empresas que se ven imposibilitadas de invertir en un destino con un potencial turístico extraordinario, pero marcado por el riesgo político que Estados Unidos impone desde la extraterritorialidad.

Así, cada habitación que se construye, cada insumo que llega a un hotel, cada equipo tecnológico que moderniza un servicio se enfrenta a un sobrecosto, a un desvío, a un esfuerzo descomunal. El bloqueo encarece, ralentiza y complica, imponiendo un laberinto donde debería haber caminos abiertos para el desarrollo.

Y, sin embargo —y quizá aquí radique una de las imágenes más reveladoras de este año 2025—, Cuba no detiene su paso. El país continúa diversificando productos, apostando por un turismo más sostenible, más cultural, más integral; reforzando alianzas con mercados tradicionales y emergentes; tendiendo puentes al mundo desde la creatividad, la resistencia y la voluntad de seguir adelante.

En este cierre de año, mientras miramos hacia un 2026 lleno de desafíos, el turismo cubano se alza no solo como un sector económico, sino como un símbolo: el de un país que, pese a presiones externas, sigue apostando por abrir sus puertas, recibir al visitante con su sonrisa franca, y mostrar, como solo sabe hacerlo Cuba, su mejor servicio.

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