Por: Nora Becerril.
A lo largo de más de un siglo, el tratamiento del tema Cuba en la prensa estadounidense ha estado marcado por un patrón recurrente: el sensacionalismo, la omisión del contexto histórico y la construcción de narrativas que, en lugar de informar, han servido como justificación para una posible intervención. ¿Cómo se ha construido ese discurso, cuáles han sido sus constantes y sus mutaciones? Dos interrogantes para entender las campañas de desinformación más longevas de la prensa occidental.
En 1898, Durante la guerra hispano-cubano-norteamericana, encabezada por William Randolph Hearst del diario New York Journal y Joseph Pulitzer del New York World, practicaron un sensacionalismo extremo para manipular al público y justificar la intervención en Cuba. El episodio más emblemático ocurrió cuando Hearst envió al ilustrador Frederic Remington a la isla para cubrir la guerra independentista. Al encontrar una situación «tranquila» y sin grandes incidentes que dibujar, Remington telegrafió a Hearst sugiriendo regresar a Nueva York. La respuesta de Hearst se hizo legendaria: «Usted proporcione las imágenes, yo proporcionaré la guerra». Hearst ordenó entonces a sus periodistas exagerar y, cuando fuera necesario, inventar atrocidades españolas contra los cubanos y popularizó el lema «Remember the Maine, To Hell with Spain». ¡ Recordad el Maine, al infierno con España!
El resultado fue una guerra que Estados Unidos ganó en cuatro meses, pero que le costó a Cuba su independencia: los mambises, que llevaban tres años derrotando a España por sí solos, fueron excluidos de la rendición y silenciados por una prensa que los había usado como víctimas para justificar la intervención y luego los descartó para imponer la Enmienda Platt.
Medio siglo después, durante la dictadura de Fulgencio Batista, el periodismo cubano fue cómplice del silencio. Mientras el régimen asesinaba y torturaba, los grandes medios de Estados Unidos miraban hacia otro lado. En medio de este cerco informativo, en febrero de 1957, el periodista del New York Times Herbert Matthews se adentró en la Sierra Maestra y entrevistó a Fidel Castro, desmintiendo la gran mentira oficial de la dictadura que aseguraba su muerte tras el desembarco del Granma. Las declaraciones de Fidel fueron contundentes: «El gobierno está utilizando armas suministradas por Estados Unidos, no solo contra nosotros, sino contra todo el pueblo cubano» . La propaganda estadounidense llamaba a los rebeles como «bandoleros» o «extremistas», ocultando el carácter popular y patriótico de una lucha de liberación nacional. Esta histórica entrevista de Matthews, acompañada de la fotografía publicada el 28 de febrero, demostró al mundo que Fidel Castro, era el líder rebelde de la juventud cubana, estaba vivo y peleando con éxito en la intrincada Sierra Maestra.
Unos años después, en 1959, tras el triunfo revolucionario, la campaña propagandística de Estados Unidos y alimentada por figuras del gobierno de Eisenhower y congresistas norteamericanos, acusaban falsamente a Fidel Castro y a la Revolución de sumir a Cuba en un «baño de sangre» por juzgar y ejecutar a los criminales de la dictadura de Batista. La Revolución respondió con la Operación Verdad: 380 periodistas extranjeros fueron traídos a Cuba para demostrarles las leyes aplicadas.
Llegó 1961 con la victoria de Playa Girón. La cobertura informativa estadounidense anunció una victoria segura de los mercenarios de la CIA. Titulares como «invasión invicta» llenaron los periódicos. Setenta y dos horas después, las milicias populares habían aplastado la invasión. La prensa, sorprendida, tuvo que reescribir la historia sobre la marcha. Nunca habían visto a un pueblo armado derrotar no solo a un ejército invasor, sino a su maquinaria propagandística.
El éxodo del Mariel (en 1980), trajo otra oleada de manipulación. Los más de 125.000 cubanos que salieron por el puerto fueron etiquetados por fuentes oficiales estadounidenses como «delincuentes» y «enfermos mentales». La realidad, contrastada por investigadores posteriores, demuestra que muchos de esos “marielitos” eran trabajadores y familias completas, pero el daño ya estaba hecho y terminaron condicionándose las políticas migratorias durante décadas.
En 1999, el caso de Elián González llevó el cinismo al extremo. Las publicaciones de Estados Unidos convirtieron a un niño de seis años en «un espectáculo como supuesto símbolo de la libertad», ocultando que su padre legítimo exigía su devolución desde Cuba. Medios como CNN y los canales hispanos de Miami montaron un circo mediático presentando al menor como un «símbolo de la libertad» y difundiendo la falsa narrativa de que regresar a Cuba significaba condenarlo a una dictadura. Tras cinco meses de manipulación, el 22 de abril de 2000, agentes federales irrumpieron en la casa de los parientes en Miami, rescataron a Elián y lo devolvieron a su padre. Los medios, que habían alimentado la hoguera de las mentiras, tuvieron que reformular sus titulares.
Saltemos unos años hasta la primera administración de Donald Trump. Durante sus dos mandatos, las grandes cadenas informativas reprodujeron acríticamente la narrativa de la «presión máxima» contra Cuba. En el primer periodo, se amplificaron sin pruebas las acusaciones de «ataques sónicos» y “violaciones de los derechos humanos” y presentaron la reactivación de la Ley Helms-Burton como una medida de «justicia», ocultando su verdadero propósito: asfixiar la inversión extranjera en la isla.
Precisamente, en este su segundo mandato, la escalada se ha radicalizado: la prensa articula una narrativa de «Cuba en colapso» para naturalizar conceptos como «cambio de régimen», “Cuba estado fallido” y justificar casi siete décadas de bloqueo económico, comercial y financiero; aunque han surgido voces criticas que califican las recientes limitaciones de combustibles como un castigo colectivo.
En 1898, Hearst fabricó una guerra para vender periódicos, en pleno siglo 21, la maquinaria es más sofisticada, pero el objetivo es el mismo: presentar a Cuba como un problema a resolver. La diferencia es que la nación cubana tiene memoria, prensa propia y un pueblo que conoce su historia. Porque la verdad, aunque la quieran enterrar bajo titulares sensacionalistas, siempre termina por abrirse paso.
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