En el mosaico de figuras que forjaron la Revolución cubana, una destaca por la singular combinación entre sencillez y determinación férrea: Celia Sánchez Manduley.
Nacida en el oriente de Cuba el 9 de mayo de 1920, su vida estuvo marcada por un profundo sentido de la justicia social, heredado de su padre, un médico comprometido con los más humildes.
Esta formación sembró en ella el germen de la rebeldía, que la llevaría a convertirse en una persona fundamental en la lucha insurreccional.
De la clandestinidad a la Sierra Maestra
Antes del desembarco del yate Granma en 1956, Celia ya había fundado células clandestinas del Movimiento 26 de Julio en Manzanillo. Su habilidad organizativa y su absoluta discreción fueron vitales para crear redes de apoyo, acopio de armas y refugio seguro para los primeros rebeldes.
Tras el arribo de los expedicionarios coordinó el envío de refuerzos, suministros y medicinas que permitieron la supervivencia del naciente Ejército Rebelde en la Sierra.
El vínculo estratégico y humano con Fidel
Celia Sánchez se transformó en el enlace más confiable de Fidel con el llano y en su consejera de absoluta confianza.
Su papel trascendió lo militar para adentrarse en lo humano, pues se encargaba de la correspondencia, gestionaba asuntos delicados y velaba por el bienestar de los guerrilleros.
Esta proximidad y lealtad inquebrantable la convirtieron en un pilar estratégico de la comandancia, siendo la primera mujer incorporada al Estado Mayor del Ejército Rebelde.
Una Revolución con mirada de mujer
Tras el triunfo de 1959, su labor no cesó. Desde cargos oficiales y, sobre todo, desde su influencia directa, impulsó proyectos con una marcada sensibilidad social y ambiental.
Fue una fuerza motriz detrás de la creación de círculos infantiles, la reforestación de zonas verdes y la preservación del patrimonio histórico. Su lucha se orientó a atender las necesidades cotidianas del pueblo, especialmente de las mujeres y los niños, con una perspectiva práctica y humanista.
La modestia como divisa
Celia Sánchez cultivó hasta el final de sus días la humildad y la sencillez. Su autoridad emanaba no de la ostentación, sino de la eficacia comprobada, la ética del trabajo y una entrega total a la causa. Esta modestia le granjeó un respeto unánime y la distinguió en un entorno a menudo dominado por personalidades fuertes.
Fallecida el 11 de enero de 1980, su legado perdura no tanto en estatuas monumentales, sino en la memoria viva de su obra concreta. Parques, instituciones sociales y el archivo histórico que ella misma organizó sobre la gesta revolucionaria llevan su sello.
Celia Sánchez representa así la esencia de quienes construyen la historia no desde el protagonismo luminoso, sino desde la tenacidad silenciosa y el compromiso incansable, recordándonos que las revoluciones, en última instancia, las sostienen personas de carne y hueso cuya mayor ambición es la utilidad verdadera.
*Con información de Prensa Latina
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